ENOLOGÍA Y CAMBIO CLIMÁTICO
(Apuntes para intentar comprender el adelanto de la vendimia)
Enrique Ortega Gironés,
geólogo
Si Vd., estimado
lector, es amante del vino y ha participado en alguna cata, o ahora que se ha
puesto tan de moda el enoturismo, ha visitado alguna bodega, habrá observado la
justificada preocupación que tienen los viticultores con el cambio climático. Desde
hace algunos años, no hay presentación de una determinada marca o visita a una instalación
vitivinícola, donde no se escuchen amargas quejas de los enólogos responsables
de controlar la producción, lamentándose de los problemas que está
introduciendo el calentamiento global en la viticultura.
En lo que se refiere al vino, la consecuencia más directa del calentamiento que está experimentando nuestro querido Planeta, tal y como ha sido ampliamente difundido en la prensa, es el adelanto de la vendimia. Durante el reciente verano de 2026, las noticias han alertado de que, por primera vez en la historia (aunque este detalle será comentado más adelante), en la denominación de origen de La Mancha se ha iniciado la cosecha en el mes de julio, con un adelanto de tres semanas respecto de las fechas habituales. Anticipaciones similares, según la climatología de cada lugar, se han registrado en otras denominaciones de origen de nuestro territorio. Es decir, que la sabiduría popular reflejada en el refranero (Por el Pilar, todos a vendimiar) ha quedado superada por la evolución climática. Debe aclararse que este cambio no supone un mero ajuste de calendario, ya que tiene implicaciones muy serias en las características de la uva, y por lo tanto en las propiedades finales de los caldos que pueden derivarse de ellas.
Es evidente que el
cambio climático afecta al ciclo vital de todo tipo de vegetación y no
solamente a las vides, pero debe tenerse en cuenta que ningún fruto, después de
su maduración y recolección, es objeto de los sofisticados procesos a los que
es sometida la uva para la elaboración del vino. Dicen los enólogos, los que
saben de verdad de estas cosas, que la vid es una planta muy sensible a la
temperatura, que reacciona de una forma muy específica a los calores estivales
prolongados, con consecuencias muy importantes para la calidad de la uva. La
alta temperatura aumenta la evaporación de la humedad del suelo, evitando que
las raíces absorban el agua suficiente e impidiendo el crecimiento óptimo del
grano. Además, puede incluso afectar a la fotosíntesis y todo ello incide en el
desarrollo de la uva. Estos efectos negativos se traducen en una pérdida de
producción, tanto en cantidad como en calidad, y para minimizar las
consecuencias se hace imprescindible adelantar la vendimia. Pero elegir el
momento idóneo en que debe realizarse no resulta nada sencillo, ya que el calor
puede modificar de forma muy específica al desarrollo de sustancias orgánicas esenciales
para las características y la calidad del vino.
Cuando aumenta la
temperatura y se suceden varios días consecutivos en una ola de calor, los
granos de uva acumulan el azúcar necesario para obtener el grado de alcohol antes
de lo habitual. Y, si el calor es excesivo y se prolonga demasiado, ese nivel
de azúcar se alcanza demasiado pronto, antes de que la uva haya desarrollado los
polifenoles y las sustancias aromáticas que proporcionan la identidad del vino
durante la fermentación. O incluso, puede ocurrir también que las
características de esas sustancias aromáticas, su presencia e intensidad, se
vea alterada por las altas temperaturas, o también por la falta de alternancia
térmica. Por ejemplo, para el desarrollo óptimo de los polifenoles es necesario
que al final del ciclo de maduración, poco antes de la vendimia, haya alternancia
entre el calor diurno y el fresco nocturno, una variación térmica que puede
verse disminuida por el calor excesivo. Además, el calor también puede degradar
otro producto esencial, el ácido málico, reduciendo el nivel de acidez, lo que
afectará a la frescura del vino y a su longevidad, al tiempo que podrá permanecer
en botella sin merma de cualidades.
Ese desajuste
orgánico entre el desarrollo de azúcares, polifenoles, ácidos y sustancias
aromáticas no es fácil de parametrizar ni de controlar, porque no se trata
simplemente de una cuestión de calendario. Además, a los complejos procesos orgánicos
arriba descritos, deben añadirse las particularidades de cada tipo de uva y las
características del vino que se desee producir.
En la práctica, si
se espera a que el fruto alcance su plenitud aromática, se corre el riesgo de
que se haya excedido en niveles de azúcar, sobrepasando el nivel aconsejable de
alcohol durante la fermentación. Por el contrario, si se recoge demasiado
pronto, puede garantizarse el nivel óptimo de alcohol, pero se corre el riesgo
de que el vino se quede corto en su carga aromática y de frescura, o que se
altere su sabor. Es decir, que se modifiquen las propiedades que le proporcionan
su calidad y su personalidad.
La solución a ese
dilema no es sencilla, requiere una vigilancia constante y minuciosa de las
uvas, de su punto de maduración, para no perder la ventana temporal en que las
cualidades del fruto sean óptimas. En cualquier caso, esa tutela – siguen
diciendo los expertos – representa un método eficaz para gestionar la cosecha
de una añada, pero no resuelve el problema de fondo, que, ante el imparable
avance del calentamiento global, requiere otras estrategias a largo plazo. En
algunas denominaciones de origen se han iniciado ya metodologías y tácticas dirigidas a corregir los efectos negativos mencionados, como son por ejemplo la vendimia
nocturna para preservar mejor los aromas primarios o incluso la
desalcoholización parcial del vino sin pérdida de calidad, aunque este último
procedimiento implica costes adicionales y un encarecimiento significativo.
No cabe duda de que
el cambio climático es uno de los problemas que más preocupan a la sociedad
actual. En la conciencia social se ha incrustado la idea de que se trata de un
problema creado por las actividades humanas, y que, por lo tanto, el ser humano
tiene la capacidad de frenarlo y revertirlo. Es evidente que, cuando se escuchan
las quejas de enólogos y bodegueros sobre la climatología, participan
mayoritariamente de esta opinión, con una perspectiva catastrofista contagiada por
las noticias dramáticas con que nos saturan diariamente los medios de
comunicación sobre el calentamiento global.
Como ejemplo
ilustrativo de esta situación, durante una reciente visita a una bodega, su propietario
mencionaba, totalmente alarmado, que se estaban plantando viñedos en Inglaterra
y en el norte de Alemania, lugares donde nunca ha sido posible el cultivo de la
vid. Y esa ampliación de los cultivos hacia el norte era totalmente coherente con
el hecho de que aquí, al sur de Europa, las vendimias actuales fuesen las más
tempraneras de la historia. ¿Pero es esto realmente así? ¿Es cierto que el
calendario de las vendimias está batiendo récords históricos?
Hace unos 20.000 años, cuando empezaron a declinar los intensos fríos de la última glaciación y nuestros antepasados sobrevivían al abrigo de las cavernas, las condiciones climáticas eran muy diferentes
a las de ahora. Como se puede apreciar en la Figura 2, el norte de Europa
estaba cubierto por una espesa capa de hielo y los suelos permanentemente
helados (permafrost, véase la línea roja discontínua) alcanzaban latitudes muy meridionales.
En
aquellos momentos, antes del inicio de la viticultura, la especie Vitis
sylvestris, remanente de las vides salvajes existentes antes de las
glaciaciones cuaternarias y antecesora de las vides cultivadas actualmente (Vitis sativa),
tenían un hábitat muy limitado en Europa. Como se puede apreciar en la Figura 2
(área delimitada por la línea roja continua), esa planta estaba restringida al
entorno de la cuenca mediterránea. Así, áreas con tanta tradición vitivinícola
como la actual Francia, la Rioja o el Priorato, eran hostiles para las vides y
estaban ocupadas por tundras, estepas y vegetación periglaciar.
De acuerdo con los
datos arqueológicos, el cultivo de la vid comenzó hace aproximadamente 6.000
años, en la región del Cáucaso, coincidiendo con el inicio del sedentarismo humano, cuando el
clima ya había alcanzado condiciones mucho más templadas. La primera
viticultura organizada fue realizada por sumerios y egipcios alrededor del 3000
a.C., y en nuestro territorio, es conocido que ya en el siglo VIII antes de
Jesucristo, los íberos cultivaban vid y producían vino, probablemente gracias a
los contactos con griegos y fenicios
Por otra parte, de
acuerdo con los datos geológicos, es bien conocido que el clima no ha
permanecido estable y se han registrado numerosos ciclos de calentamiento y
enfriamiento del Planeta. En efecto, los sondeos realizados en los hielos acumulados
a lo largo de miles de años en
Groenlandia y en la Antártida, donde éste alcanza
varios miles de metros de espesor, han permitido establecer con precisión la
evolución climática desde hace cientos de miles de años. Ese hielo está
finamente estratificado en pequeñas capas que corresponden a la nieve caída durante cada año y que, al ir
siendo enterrada por la nieve de años posteriores, se ha ido convirtiendo en
hielo. La nieve, al caer, atrapa entre sus copos cantidades significativas de
aire, que al ir quedando enterrado se convierten en pequeñas burbujas atrapadas
dentro del hielo.
Los análisis del isótopo de oxígeno O18 del aire contenido en esas burbujas, ha permitido reconstruir la evolución de la temperatura, tal y como se ha representado en la Figura 3, correspondiente a los últimos 4.000 años. Durante ese intervalo de tiempo se han registrado tres ciclos cálidos (denominados óptimos climáticos) coincidentes respectivamente con el desarrollo de la Cultura Minoica, el Imperio Romano y la Edad Media.
Poco sabemos del cultivo de la vid en la época minoica, pero durante el imperio romano, en su calendario estaba la vinalia rustica, una fiesta dedicada a celebrar la vendimia, que estaba fijada el 19 de agosto, en pleno estío, muy lejos de la otoñal fiesta del Pilar que marca nuestro refranero. Además, durante esa misma etapa, los romanos pudieron extender las vides hasta Britannia, hasta que la llegada de un nuevo ciclo frío obligó a desplazar los cultivos hacia el Sur.
Durante
el periodo cálido medieval, el cultivo de la uva y la producción de vino
crecieron de nuevo en el norte de Europa
y en el sur de Gran Bretaña, del mismo modo que lo está haciendo ahora. En este
mismo periodo, los vikingos aprovecharon la desaparición del hielo en los mares
para colonizar Groenlandia (es decir, tierra verde), donde pudieron cultivar cebada, entre otras cosas, para producir su cerveza. Posteriormente, llegó un periodo frío (la Pequeña
Edad de Hielo) que forzó a abandonar el cultivo de la vid en Inglaterra y
en el norte de Europa, y obligó a los vikingos a abandonar Groenlandia. Hacia
mediados del siglo XIX se inició el periodo cálido que estamos atravesando ahora,
y en el que se están reproduciendo las mismas condiciones que ya existieron
durante los óptimos climáticos anteriores.
Así pues, las
circunstancias actuales no suponen ningún hecho anómalo ni crítico, sino tan
sólo un aumento progresivo de temperatura que forma parte de la evolución
climática natural de nuestro planeta. Nuestra mente asimila con facilidad las
oscilaciones térmicas que pueden observarse dentro de nuestro ciclo vital, como
es por ejemplo el ritmo de las estaciones a lo largo de un año. Sin embargo,
nos cuesta mucho trabajo aceptar como normales los ciclos de larga duración como los
representados en la Figura 3, olvidando lo ocurrido hace cientos de años, a
pesar de que los datos estén disponibles en los registros, tanto históricos
como geológicos.
Desde esta
perspectiva, el adelanto de la vendimia o la extensión en el área cultivada de
los viñedos hacia el norte deben contemplarse como una normalidad climática, y
la viticultura del futuro debe acomodarse a esta evolución. Porque, en contra de
las informaciones que abruman a la opinión pública sobre la responsabilidad de
la civilización industrial en el cambio climático, muchos científicos opinan
que se trata de un fenómeno estrictamente natural, repetido muchas veces a lo
largo del tiempo. Y, por lo tanto, imposible de ser modificado, retrasado o detenido,
y mucho menos, revertido por la humanidad.
En este contexto, la
viticultura del futuro deberá adaptarse a esa realidad ineludible, como un
parámetro más a considerar en la elaboración del vino. Del mismo modo y con la
misma mentalidad que la producción vinícola se ha adecuado a lo largo de la
historia a distintos
tipos de suelos y substratos rocosos, a diferentes altitudes, y ambientes tanto
húmedos como secos. Incluso, ha
conseguido el logro de producir vinos de excelente calidad en terrenos extremadamente
hostiles, como es el caso de la Ribeira Sacra o la zona de Cangas de Narcea.
En la vida
cotidiana, en relación con los ciclos de evolución térmica que conocemos bien,
al aproximarse la temporada estival, sabiendo que va a llegar el calor, lo
inteligente es preparar ropa ligera y ventilar la casa para refrescarla, no
empeñarse en una guerra inútil tratando de evitar que llegue el inexorable verano.
No sería correcto terminar
este artículo sin agradecer a Inma Álvarez, enóloga, las lecciones impartidas
durante las catas y las visitas a bodegas que ella ha organizado para la Casa
de Asturias de Valencia. Además, mi reconocimiento también por su amabilidad al
revisar el texto de este artículo para evitar gazapos de ignorante.
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Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas



Sería ilustrativo recordar que Groenlancia recibe su nombre de Greenland: la tierra verde, porque así era cuando llegaron a ella los vikingos. La cuestión de fondo es que el ser humano lleva fatal los cambios. No nos gustan. Nos producen inseguridad. Un substrato biológico estupendo para que triunfen los que quieren fomentar el miedo al cambio, claro. Éxito garantizado.
ResponderEliminarMuchas gracias por la sugerencia y totalmente de acuerdo. Introduzco la acotación del significado de Groenlanda ahora mismo.
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