Sequías, inundaciones y catastrofismo falsario

 

Sequías, inundaciones y catastrofismo falsario

 Stefan Uhlig, Jose Antonio Sáenz de Santa María y Enrique Ortega Gironés

 

Uno de los pilares básicos en la estrategia de comunicación alarmista y catastrofista del cambio climático consiste en hacernos creer que lo normal es anómalo y crítico. La variabilidad natural del clima propicia la presencia intermitente de fenómenos climáticos extremos que, contemplados con una perspectiva temporal suficientemente amplia, encajan dentro de una perfecta normalidad. En cambio, y ahí reside el truco, si se restringe la ventana de observación al intervalo de unos pocos años y se ignora lo ocurrido en el pasado, el fenómeno extremo se convierte inmediatamente en crítico, anómalo y sin precedentes.

Las sequías

Durante el verano que ahora termina, el papel de estrella climática (además del calor, del que hablaremos luego) le ha correspondido a la extrema sequía registrada al norte de los Pirineos, que ha ofrecido cauces casi secos de ríos normalmente caudalosos, como el Rin y el Danubio. A modo de ejemplo ilustrativo, puede mencionarse que muchos turistas que tenían contratados los tradicionales cruceros por el Danubio, se han visto obligados a realizar un viaje alternativo en autobús. Y una de las imágenes más emblemáticas de la sequía ha sido, en las proximidades de la localidad serbia de Prahovo, la aparición del pecio de un buque de guerra alemán hundido desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, que ha quedado al descubierto por el descenso del nivel de las aguas del mismo  río Danubio.

Figura 1

Sin duda alguna, una sequía tan severa representa una situación excepcional que ha sido inmediatamente interpretada por los partidarios de la teoría del CO2 antrópico, como consecuencia inequívoca del cambio climático inducido por las actividades humanas. Pero, ¿es realmente así? Basta remontarse un poco en el tiempo para descubrir que situaciones similares ya se habían registrado anteriormente, sin que su aparición pueda achacarse a las emisiones antrópicas del injustamente vilipendiado anhídrido de carbono.Así, la agencia húngara de meteorología (Hungaromet) ha detallado que 2026 ha sido el segundo verano más cálido desde 1901, reconociendo tácitamente que  no se ha batido ningún récord de temperatura.

Pero es que, además, hay evidencias mucho más antiguas. Para desgracia de los alarmistas climáticos, el descenso del nivel de las aguas ha dejado al descubierto las denominadas piedras del hambre, por las dramáticas consecuencias que tuvieron las sequías sobre las cosechas y la disponibilidad de alimentos para la población.

Durante los veranos de la década de 1130, tanto el Rin como el Danubio registraron caudales tan bajos, que fue posible vadear sus cauces a pie en algunos puntos. La población ribereña dejó testimonio escrito de aquella situación, grabando inscripciones con fechas en grandes piedras del lecho del río, quedando así registrada de forma inequívoca los niveles mínimos históricos que alcanzaron repetidamente los grandes ríos de Europa central. Como ejemplo, se adjunta la fotografía (Figura 2) de una de estas piedras grabadas, que ha quedado al descubierto durante el pasado verano de 2026 en la República Checa, donde se pueden leer inscripciones de 1216, 1616, 1842, 1868 y 1921.


Figura 2

Por lo tanto, queda fuera de toda duda que la sequía de 2026 no fue anómala ni excepcional (dentro de la escala de la evolución climática), sino que forma parte de la secuencia de acontecimientos climáticos extremos que impone la propia naturaleza independientemente de las actividades humanas.

Otro detalle que merece ser destacado en relación con las noticias sobre la sequía del pasado verano es que, como ocurre (casi) siempre, las informaciones fueron sesgadas, resaltando sus aspectos negativos y silenciando los aspectos favorables. Porque mientras en Europa central pasaban sed, las reservas hídricas en España alcanzaban niveles históricos, con un volumen de agua almacenado que ha permitido afrontar la campaña de riego y el abastecimiento urbano con una tranquilidad muy superior a la de veranos anteriores. 

Por lo tanto, a pesar de que medios de comunicación insisten con frecuencia en afirmar que las sequías extremas han aumentado en las últimas décadas como consecuencia del cambio climático, los registros meteorológicos disponibles indican lo contrario. La Figura 3 (Fuente: www.drought.gov), a modo de ejemplo, muestra la evolución del Índice Estandarizado de Precipitación (SPI, por sus siglas en inglés) para caracterizar los periodos de sequía meteorológica desde 1895, dentro de los 48 estados contiguos de EEUU, excluyendo por lo tanto a Hawái y Alaska.

Figura 3

En dicha figura, los tonos que van del rojo oscuro al amarillo indican condiciones extremadamente secas, mientras que las tonalidades azul oscuro a verde corresponden a condiciones extremadamente húmedas. Y, como puede observarse, durante más de un siglo, no existe ninguna tendencia creciente, sino una alternancia más o menos uniforme entre periodos secos y húmedos.

 Las inundaciones

Si ahora centramos nuestra atención en los fenómenos opuestos, en las grandes inundaciones, encontraremos situaciones similares a las de las sequías, tanto en españa como en Europa. Es decir, que se trata de fenómenos recurrentes que desde hace siglos, mantienen un ritmo aproximadamente constante tanto en frecuencia como en intensidad, sin que actualmente (contradiciendo las informaciones catastróficas y alarmistas) se esté batiendo ningún récord. A nivel de Europa central, las crecidas más frecuentes e intensas de las que se tiene noticia, tuvieron lugar durante los siglos XVIII y XIX, a pesar de que en aquella época la impermeabilización del suelo era mucho menor y el agua superficial podía infiltrarse en el terreno con mayor facilidad, absorbiendo así parte del volumen de la crecida. Así se puede apreciar en la Figura 4 (izquierda), donde puede observarse como, en el puente antiguo sobre el río Neckar en Heidelberg (Alemania), está marcada en rojo la señal correspondiente a la crecida más alta registrada, que fue de 8 metros y se alcanzó en 1784. O, también,  en el folleto medieval sobre la crecida de 1651 (Figura 4, derecha), archivado en la Biblioteca Estatal de Baviera (Múnich.

Figura 4

Deben mencionarse también  otras dos crecidas muy importantes. En primer lugar, la denominada crecida del hielo, ocurrida en el Rin en 1784, que fue provocada por un invierno extremadamente frío y con abundantes nevadas, alcanzándose un espesor de 4 metros de hielo en el río, que se fue acumulando aguas abajo, formando enormes masas que causaron graves daños en puentes y edificios de las ciudades ribereñas. Posteriormente, las avenidas de agua del deshielo alcanzaron niveles de hasta 13 metros por encima de los caudales actuales. En segundo lugar, la que fue denominada como gran inundación del milenio, acaecida en 1342, conocida también como la inundación de Santa Magdalena», con consecuencias devastadoras en Europa central y meridional. Tan solo en España, se estima que más de 6.000 personas perdieron la vida a causa de esta catástrofe natural.

Debe tenerse en cuenta que la extrema crudeza de estas inundaciones está directamente relacionada con el frío reinante en aquellos momentos, cuando las temperaturas se situaban entre 1 y 2 °C por debajo de las actuales y cuando la nieve y el hielo se acumulaban en las zonas altas durante los meses de invierno, provocando inundaciones devastadoras al derretirse la nieve en primavera. Esta situación podía verse aún agravada en los inviernos largos y rigurosos cuando se congelaban el suelo en profundidad, generando permafrost discontinuos.  Si esos suelos permanecían congelados (y, por lo tanto, impermeables) durante la primavera, impedían la filtración del agua caída por las lluvias, contribuyendo a elevar aún más el nivel de las crecidas. Por otra parte, durante los periodos de frío descendía el frente de los glaciares hacia los valles, formando diques naturales y embalsando el agua de los cursos fluviales, que, si alcanzaban la presión suficiente, podían romper la barrera de hielo y provocar grandes avenidas.

La Europa meridional también se vio afectada por estas inundaciones extremas, como los desbordamientos de los ríos Miño, Tajo y Guadalquivir ocurridos en 1168, durante los cuales se estima que perecieron 65.000 personas. También durante el siglo XII (1133-1134 y 1172-1173), las regiones españolas de Aragón y Cataluña fueron afectadas por graves inundaciones.

Todos estos datos vienen a demostrar que no existe un aumento peligroso de fenómenos climáticos extremos, tanto de sequías como de inundaciones, provocado por el cambio climático de origen humano. Entonces, cabe preguntarse cuales son las causas últimas que, además de los factores orográficos locales, controlan su aparición cíclica. Y para ello es imprescindible recordar la innegable incidencia de las variaciones de la actividad solar en la evolución climática, ya que los fenómenos meteorológicos extremos ocurridos entre los siglos XIV y XVIII guardan una estrecha correlación temporal con las fases de baja actividad solar correspondientes a los mínimos de manchas solares denominados Wolf, Spörer, Maunder y Dalton.

Estas correlaciones pueden comprobarse tanto en etapas relativamente breves y recientes como en periodos más dilatados y remotos. Como ejemplo del primero de estos dos casos, puede mencionarse la evolución de las precipitaciones intensas en Bruselas (Bélgica) entre 1898 y 2006, representada como desviaciones respecto a la media relativa de precipitación (línea de puntos horizontal). Se han representado como puntos  las precipitaciones de junio-julio-agosto superiores a 1 mm y a las de diciembre-enero-febrero superiores a 0,8 mm, considerando series temporales de 10 años (puntos azules) y de 15 años (cruces).

Figura 5

La línea negra es la resultante de la nube de puntos, mostrando una evidente periodicidad de 40 a 50 años, equivalente aproximadamente a 4 - 5 ciclos de manchas solares.

Como ejemplos de periodos más largos pueden mencionarse los estudios de polen  en la península ibérica y el norte de Marruecos, que han logrado identificar 23 periodos de sequía durante los últimos 5000 años. Estos periodos de sequía se produjeron hace aproximadamente 4900, 4550, 4150, 3900, 3650, 3450, 3200, 2900, 2650, 2400, 2300, 2100, 1950, 1750, 1500, 1400, 1250, 1150, 1000, 850, 700, 500 y 200 años, con un intervalo que con frecuencia es del orden de 200 a 230 años, coincidente con el ciclo de Suess de la actividad solar.

 Acciones humanas sobre el suelo

Pero el impacto y las consecuencias de estos fenómenos meteorológicos extremos no dependen tan sólo de las condiciones del medio físico, sino que se ven muy seriamente afectadas por las modificaciones que el ser humano introduce en la superficie terrestre, y que son totalmente independientes de la evolución climática. En efecto, debido a su expansión y a su intervención en el medio natural, el ser humano moderno tiene la capacidad de prevenir, mitigar o intensificar los efectos de los fenómenos meteorológicos extremos, según los casos.

La urbanización, el sellado del suelo y la compactación de terrenos que naturalmente permitirían la infiltración del agua reducen la capacidad de drenaje superficial y pueden provocar erosión del suelo. La rectificación y canalización de arroyos y ríos de curso sinuoso pueden aumentar la velocidad del flujo y la presión del agua, lo que conlleva un mayor riesgo de erosión superficial. En sistemas de drenaje y alcantarillado mal dimensionados, aumenta la velocidad y la presión del agua en las tuberías y conductos subterráneos, lo que implica un mayor riesgo de erosión subterránea.

No obstante, el mayor peligro surge cuando el ser humano se asienta o modifica el medio natural en lugares peligrosos o inadecuados. Así, pueden producirse socavamientos destructivos en zonas edificadas y vías de comunicación cuando las explotaciones a cielo abierto – por ejemplo, de grava, arena o lignito – se acercan demasiado a núcleos de población. Si las paredes de la excavación son muy empinadas, los taludes pueden deslizarse durante episodios de lluvias intensas. Por ejemplo, en la catastrófica inundación que asoló Europa Central a mediados de julio de 2021, especialmente en el valle del Ahr (en el norte de Renania-Palatinado), coincidieron lamentablemente varios de estos factores.

Una catástrofe similar, provocada por lluvias prolongadas, afectó al municipio de Biescas, en la provincia de Huesca, en agosto de 1996, causando 87 muertos y 187 heridos. Las personas damnificadas en este suceso estaban acampadas en el camping “Las Nieves”, irresponsablemente ubicado sobre los sedimentos aluviales del cono de deyección de una torrentera. En la actualidad, aunque esa zona ha sido recuperada, aún existen muchos casos similares en la zona pirenaica, como por ejemplo el caso de la población de Escuer (Huesca), muy próxima al camping citado y, como puede apreciarse  en la fotografía de la Figura 6, también asentada sobre el cono de deyección de un torrente. En la fotografía puede observarse la cuenca de recepción del agua de lluvia, el canal profundo excavado por la erosión inducida por los materiales arrastrados, así como la salida y depósito final de los detritos. Sin la menor duda, la población está colocada sobre una zona de alto riesgo desde el punto de vista de los procesos de geodinámica externa. Por lo tanto, aparte de las causas naturales, no debe olvidarse que la Humanidad es capaz de generar o aumentar la magnitud de las catástrofes naturales.

 

Figura 6

Un caso muy reciente y de gran impacto en la opinión pública fue la grave inundación en los alrededores de Valencia en octubre de 2024, con un saldo más de 200 víctimas mortales, entre fallecidos y desaparecidos, además de consecuencias catastróficas en las infraestructuras. Este caso tiene peculiaridades locales, ya que se trata de un fenómeno recurrente. Cada año, esta región mediterránea – por lo demás bastante seca – experimenta precipitaciones de carácter casi subtropical; en apenas unos días de otoño cae casi la totalidad de la lluvia anual. A este fenómeno meteorológico se le denomina con el acrónimo DANA («Depresión Aislada en Niveles Altos») o, coloquialmente, como se le ha llamado toda la vida, «gota fría».

El origen de estas lluvias otoñales es bien conocido desde hace tiempo. Al inicio del otoño, el mar Mediterráneo aún está relativamente cálido, y la evaporación sobre sus aguas aporta gran cantidad de humedad a las capas bajas de la atmósfera. Sin embargo, debido a la baja inclinación del sol en esta época del año, las masas de aire situadas sobre la Meseta española –y, sobre todo, sobre las sierras del interior próximas a la costa mediterránea – ya son bastante frías. La llegada de lenguas de aire polar frío puede acentuar aún más estos extremos térmicos. Cuando los vientos del este transportan estas masas de aire cálido y cargado de humedad hacia la costa mediterránea (en zonas como Valencia o Barcelona), el aire se enfría bruscamente al ascender por las cadenas montañosas del interior y al alcanzar el punto de rocío, se producen abundantísimas precipitaciones.

Como en los casos mencionados anteriormente para los fenómenos meteorológicos extremos, también se ha intentado convencer a la opinión pública de que, como consecuencia del calentamiento global inducido por las actividades antrópicas, se está acentuando la frecuencia y la intensidad de estas DANAs. Sin embargo, los datos registrados desde hace dos milenios indican todo lo contrario. Las excavaciones arqueológicas en Valencia han detectado sedimentos dejados por inundaciones en los siglos I y II a.C., de los siglos I al IV d.C. Y, también durante la época musulmana, entre los siglos IX y XI. Además, los registros del Llibre del Consell de la ciudad de Valencia atestiguan que, desde 1321 hasta la actualidad, se han contabilizado 27 inundaciones catastróficas,  con un intervalo promedio de unos 25 años, es decir cuatro riadas por siglo. La Figura 7 muestra la evolución de la temperatura desde el año 1200 hasta la actualidad (línea roja), mientras que los círculos azules señalan el momento en que se produjeron las 27 riadas antes mencionadas. Es destacable la continuidad en la aparición de estos fenómenos, tanto durante los periodos de temperatura ascendente como descendente, con una secuencia independiente de la evolución térmica.

Figura 7

Pero, las causas principales de los efectos devastadores de la DANA de 2024, no debe achacarse a la naturaleza sino a las modificaciones introducidas en el suelo por las actividades humanas y también a la falta de infraestructuras adecuadas. En zonas que estaban calificadas como inundables, se establecieron polígonos industriales, se construyeron autopistas y líneas ferroviarias, e incluso se edificó un aparcamiento subterráneo.

En otros lugares donde los riesgos de crecidas son bien conocidos, se han desarrollado sistemas para la gestión de inundaciones, donde el agua se distribuye y evacúa a través de praderas, depresiones del terreno y bosques que sirven para distribuir y retener los volúmenes de agua extraordinarios, permitiendo que el agua se infiltre de forma natural en el subsuelo. También, se han construido depósitos de inundación para almacenar el excedente hídrico, o embalses para contener y laminar las avenidas.  Pero este tipo de actuaciones no se habían realizado en el área afectada por las inundaciones de Valencia y las obras de infraestructuras imprescindibles para controlar las crecidas nunca fueron construidas.

 Conclusiones: la temperatura y los fenómenos meteorológicos extremos

El razonamiento más habitual que se transmite a la opinión pública consiste en atribuir a las emisiones antrópicas de CO2 el origen del calentamiento global, y este calentamiento trae consigo el aumento de la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, relacionar estos fenómenos con el calentamiento global de origen humano carece de fundamento científico.

En primer lugar, la temperatura del planeta está elevándose por causas naturales, con oscilaciones en las que alternan periodos cálidos (como el óptimo medieval, siglos X a XII) y periodos fríos  (como la pequeña edad de hielo, siglos XVI a XIX), desde hace 20.000 años. En segundo lugar, como demuestra el registro geológico en sedimentos y hielos glaciares, no existe correlación alguna entre el contenido atmosférico del CO2 y la temperatura media del Planeta. Y, en tercer lugar, como se ha detallado anteriormente y como demuestran los registros históricos disponibles, no se detecta ningún aumento en intensidad ni frecuencia en sequías, inundaciones ni tampoco huracanes y tornados. Así se aprecia, a pesar de las insistentes informaciones en sentido contrario, en la Figura 8, donde es evidente que las pérdidas producidas por los tornados en Estados Unidos tienen una tendencia claramente descendente a lo largo de los últimos 75 años.

 

Figura 8

Así pues, siempre han existido periodos con fenómenos meteorológicos extremos, durante los cuales, a los contemporáneos que les correspondió vivirlos, les pareció ( y lo perciben en la actualidad) como los peores de la historia.

El verano de 2026 no ha sido una excepción respecto de los precedentes sobre las alarmas por el aumento de temperatura. Se nos ha informado repetidamente que se han alcanzado récords de temperatura en Europa occidental, y que el verano ha sido el más largo y bochornoso desde que hay registros. Y, sin embargo, la realidad, desmiente esas afirmaciones. Si el calentamiento global, como define el propio término, es un proceso que afecta a todo el Planeta, debe detectarse a escala planetaria, y no es así. La meteorología está influida por parámetros locales y del mismo modo que en Europa Central ha habido una sequía severa mientras que en España tenemos un magnífico nivel de reservas hídricas en los embalses, la temperatura puede ser inusualmente alta en Europa, mientras que la extensión de hielo ártico está aumentando. Las gráficas de la Figura 9 representan la evolución de la temperatura atmosférica global para los meses de agosto y septiembre de 2026, y en ellas se aprecia que no se ha batido ningún récord, y que la temperatura (con las oscilaciones habituales) tiene un ritmo ascendente uniforme (0,16ºC por década, desde 1979 hasta la actualidad), sin que sea detectable ninguna aceleración.

Figura 9

Es decir, que el calentamiento que está experimentando nuestro Planeta es innegable, pero está dentro de los ritmos impuestos por la naturaleza desde hace milenios, millones de años, con las oscilaciones habituales, pero sin aspavientos, sin que sea detectable ninguna aceleración crítica, excepcional ni dramática. En realidad, lo único dramático en relación con el calentamiento global es la desinformación impuesta por la mayor parte de los medios de comunicación.

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Los autores certifican que este artículo ha sido documentado y redactado  exclusivamente con la modesta aportación de sus neuronas, sin la más mínima contribución de la inteligencia artificial.

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