CREATIVIDAD CLIMÁTICA
Enrique
Ortega Gironés
Como ya se va
difuminando el furor del eclipse, es hora de poner otra vez los pies en el
suelo y volver a fijar la atención en los problemas terrenales que han quedado
eclipsados durante unos días. Es de agradecer el empeño y la creatividad que
desarrollan nuestros servicios informativos para mantenernos alerta y que no
decaiga nuestra preocupación por el calentamiento global y el cambio climático.
Debe evitarse a toda costa que caigamos en la tentación de pensar que no es
para tanto, que el clima no cambia tan aprisa como quieren hacernos creer y que
todos los veranos ocurre más o menos lo mismo. Y, para evitarlo, es
imprescindible convencernos de que cada verano es excepcional, crítico y mucho
peor que el anterior, porque vamos acercándonos al apocalipsis final. Para ello,
un método muy eficaz es introducir cambios en las informaciones meteorológicas,
empezando por la parte gráfica, porque una imagen vale más que mil palabras.
En 2017 (Figura 1, izquierda), los mapas meteorológicos que nos mostraban en la televisión, mantenían el mismo estilo casi bucólico que han tenido durante décadas, desde que apareció la televisión en color. Es decir, las temperaturas aparecían en dígitos sobre un fondo cuyo color variaba del verde al anaranjado, mientras que el mar se representaba con su tradicional color azul.
Cinco años más tarde
(Figura 1, centro), para rangos de temperatura similares, se modificó el
esquema de colores, que pasó a adoptar tonos flamígeros, variando entre el
amarillo y el fucsia, estando el verde totalmente ausente, aunque el mar aún mantenía
su color azul. Para la temporada de verano 2026 (Figura 1, derecha), los
diseñadores gráficos nos ofrecen una nueva paleta cromática que oscila entre el
amarillo y un negro tenebroso, dónde el color verde sigue ausente y además también
ha desaparecido el azul del mar, que ha sido sustituido por tonos amarillos o
rojizos, como si fuese el caldo de una sopa de cocido con chorizo. Es evidente
que los mares cerrados, como es el caso del Mediterráneo, tienen temperaturas
más elevadas y eso no debe sorprender. Si todo el Planeta se está calentando
poco a poco, es normal que el mar también lo haga y esta situación no es
anómala ni crítica, sobre todo si se compara con lo ocurrido en épocas
anteriores. Hace unos cinco millones y medio de años, durante el periodo
denominado Messiniense, cuando no existían emisiones antrópicas de CO2,
el estrecho de Gibraltar se cerró por causas tectónicas, impidiendo la
comunicación con el Atlántico. Ese cierre produjo un drástico aumento de la
temperatura, de la evaporación y de la salinidad, hasta la casi completa
desecación del Mediterráneo. Las minas de sal de Realmonte, actualmente en
explotación en Sicilia, son testigos de aquel episodio. ,
Volviendo a los mapas
meteorológicos, la Figura 1 muestra cómo para rangos de temperaturas similares
(los valores de temperatura representados en los tres casos son del mismo
orden), los mapas actuales tienen un aspecto mucho más intimidatorio, cada vez
más cerca del infierno climático. Es como si se pretendiese modificar el lento
e inexorable cambio climático que la Tierra está experimentando con un acelerado
cambio cromático, enviándonos desde las pantallas de televisión un
subliminal mensaje atemorizador. Pero además de esta evolución colorimétrica,
en paralelo, el lenguaje ha ido cambiando en el mismo sentido, incorporando
términos y calificativos cada vez más inquietantes y apocalípticos.
Las tradicionales palabras
españolas utilizadas para denominar a los calores estivales, canícula o bochorno,
han sido abandonadas y sustituidas por nuevos vocablos como ola de calor
o como noches tropicales. Nunca he terminado de comprender por qué se
usa este término para inducir temor a noches cálidas, cuando millones de
personas están encantadas de pasar sus vacaciones en el trópico, ya sea en el
Caribe, en las Maldivas o en el sudeste asiático. Incluso, hay algunos medios
que han dado un paso más, y burlando el sistema de coordenadas de la geometría
planetaria, como si los paralelos pudiesen desplazarse hacia los polos, hablan a
veces de noches ecuatoriales.
Las tradicionales
tormentas otoñales, especialmente fuertes en el área mediterránea, que eran
conocidas como gotas frías, han pasado a llamarse DANAs (Depresión
Atmosférica en Niveles Altos). Las características borrascas y galernas del
Cantábrico, se llaman ahora ciclogénesis explosivas (es difícil
encontrar una expresión más intimidatoria). Incluso se ha empezado a ponerles nombre,
como a los huracanes del Caribe, para que sea más evidente el proceso
tropicalización climática.
Como no podía ser de
otra manera, el estrés climático con el que se está atosigando a la población ha
terminado por afectar a la salud. Además de trastornos psicológicos (ya hay psicólogos
especialistas en ansiedad climática), en los veranos actuales ha hecho
acto de presencia un peligro del cual no se había oído hablar hasta hace poco, los
traicioneros golpes de calor. Siempre hemos creído que la estación más
peligrosa del año y la que llevaba asociada una mayor mortandad era el
invierno. La gente muy mayor, al llegar la primavera y haber superado el
invierno, suspiraba aliviada, encontrándose con fuerzas para sobrevivir un año
más. Pero ahora esa tendencia se ha invertido y es el verano el que inspira más
temor, al haber superado al invierno en número de defunciones. Y todo como
consecuencia del cambio climático.
Durante el pasado verano de 2025, la mortalidad atribuida al
calor en España ha sido de 3.832 fallecimientos, lo cual supone un aumento del
87,6 % respecto de 2024, un dato lo suficientemente dramático para expresar
claramente la gravedad de la situación. La metodología que se aplica para
calcular las muertes debidas al calor utiliza los datos diarios de defunciones
por todas las causas y en todo el territorio nacional, considerando además las temperaturas
registradas por provincias y los datos demográficos por edad en cada territorio.
Teniendo en cuenta estos datos, se comparan las muertes esperables con las que
realmente se han producido, estimando el exceso de mortalidad atribuible al
calor. Es decir, que la estimación se realiza mediante un método estadístico, no
mediante un contaje real caso por caso, con todas las limitaciones que ello
implica. Si consideramos que tan sólo en un año la mortalidad por causas
climáticas casi se ha duplicado (a pesar de que no ha existido un brusco
aumento de temperatura, ver Figura 2), debe concluirse que la resistencia de
los españoles al calor se ha debilitado de forma tan brusca como preocupante. O,
por el contrario, ¿sería descabellado pensar que la metodología de cálculo
tiene tendencia a la exageración con efectos intimidatorios, como ocurre con
frecuencia con las informaciones y profecías relacionadas con temas climáticos?
El carácter alarmista
de las estadísticas sobre fallecimientos debidos al calor encaja perfectamente
en la dinámica en la que están inmersas las informaciones climáticas, cuyo tono
catastrofista no ha dejado de aumentar año tras año. En pocos años, se ha
pasado de estar conviviendo con el cambio climático a sufrir una crisis
climática, que evolucionó rápidamente hacia una emergencia climática. Esta
última expresión es ya de uso habitual en documentos oficiales de gobiernos y
organismos internacionales. Uno de los personajes que más ha contribuido a esta
evolución del lenguaje, gracias a su inventiva o a la de sus asesores, ha sido Antonio
Guterres, secretario general de la ONU, quien ha afirmado en sus comunicados
que el planeta
tiene fiebre, que estamos
evolucionando hacia un infierno climático, o incluso que se está produciendo una carnicería climática y
estamos próximos a alcanzar una ebullición
global.
Afortunadamente, inasequible al alarmismo injustificado, la naturaleza sigue sus propios ritmos cósmicos, establecidos desde el principio de los tiempos. En clara contradicción con la inmensa mayoría de noticias que nos llegan desde los medios de comunicación, este verano de 2026 no está batiendo récords de temperatura. No debe olvidarse que el cambio climático es un proceso que afecta a la totalidad del Planeta y que, por lo tanto, para estudiar la evolución del calentamiento global es necesario prestar atención a datos globales. La gráfica de la Figura 2 muestra la evolución de la temperatura global en los niveles inferiores de la atmósfera mediante medidas registradas desde satélite. Como puede observarse, con las ligeras oscilaciones habituales, la temperatura se va elevando lentamente, a un ritmo muy moderado de 0,16º C por década, sin que sea apreciable la supuesta aceleración inducida por las crecientes emisiones de CO2 antrópico. De hecho, la temperatura registrada el pasado mes de Julio ha sido inferior a la de años anteriores.
Figura 2
Sin embargo, a pesar
de esta evidencia, los mensajes alarmantes no han cejado en su empeño. En el
plano doméstico, este mismo verano de 2026, en nuestros periódicos se han
acuñado dos nuevos términos muy refrescantes: nuestra península ha pasado a
denominarse horno ibérico y las olas de calor se han acentuado hasta
convertirse en reventones térmicos. Siento verdadera curiosidad por
conocer las nuevas palabras y las tonalidades en los mapas que nos traerá la
temporada prêt-à-chauffer del verano de 2027. Porque cada vez está más
difícil, se van agotando tanto la paleta de colores como los epítetos del
diccionario.


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