CAUSALIDAD,
CALENTAMIENTO GLOBAL E INCENDIOS
Enrique Ortega Gironés
Uno de los principios esenciales en los que se basa la filosofía, la lógica, y por lo tanto también la ciencia, es el principio de causalidad. Es decir, la relación causa-efecto, que puede definirse como la conexión lógica y temporal entre un factor determinante (causa), que provoca un efecto derivado de esa misma causa. La causalidad, pues, es la relación que permite comprender los fenómenos como hechos interconectados y no como procesos aislados.
Para que el principio de
causalidad sea aplicable, deben cumplirse ciertas condiciones imprescindibles,
como son (entre otras) las siguientes: (a) la causa siempre debe preceder al efecto;
(b) el efecto depende de la causa, es decir, que, sin la causa, el efecto no se
produce; y (c) la relación entre causa y
efecto no es reversible, es decir, que el efecto no puede generar la causa.
De acuerdo con la tesis oficial
que emana desde la ONU, apoyándose en el Panel Internacional para el Cambio
Climático (IPCC según su sigla en inglés), la causa principal que produce el
calentamiento que está experimentando el Planeta es el aumento de CO2
en la atmósfera, como consecuencia de las emisiones antrópicas. Para reforzar
la credibilidad de esa tesis, se insta a la población a que hagan caso de la
Ciencia, invocando un supuesto consenso que en realidad no existe. Porque son
miles los científicos en todo el mundo, entre ellos muchos geólogos, que,
abogando precisamente al principio de causalidad, niegan que exista una
relación causa – efecto entre el aumento de CO2 atmosférico y el
calentamiento a escala planetaria. Y esa negación se basa, precisamente, en los
tres principios enunciados anteriormente:
- Los datos
obtenidos en los sondeos de los hielos glaciares, que comprenden un intervalo
de varios cientos de miles de años, demuestran que, en muchos momentos de la
historia geológica del Planeta, la temperatura aumenta primero, y el aumento
del CO2 se produce más tarde. Por lo tanto, la supuesta causa no siempre
precede al efecto.
- Existen
evidencias, a diferentes escalas temporales (desde lo que ocurrió hace cientos
de millones de años, hasta lo acaecido hace tan sólo algunas décadas) de que,
durante algunos periodos, la temperatura ha aumentado al mismo tiempo que el CO2
disminuye, y viceversa. Es decir, que se produjo el efecto sin que la
supuesta causa estuviese presente.
- Así mismo, las
mismas evidencias mencionadas en el punto a), indican que la temperatura
precedió al aumento del CO2, es decir que el efecto generó la
supuesta causa.
Entonces, si desde las épocas
más remotas de nuestro Planeta, el CO2 atmosférico no ha sido el
factor determinante para controlar la evolución climática, difícilmente pueden
serlo ahora como consecuencia de las emisiones antrópicas, que suponen tan sólo
un ínfimo porcentaje del CO2 atmosférico total.
Debe aclararse que los
científicos que disienten del origen antrópico del cambio climático, a los que
se suele despachar despectivamente con el calificativo de negacionistas, no
defienden la ausencia de un calentamiento. Por el contrario, reconocen que está
teniendo lugar un innegable aumento de temperatura, pero que es totalmente
independiente del CO2 antrópico, y que forma parte de ciclos
naturales vinculados a factores cósmicos, esencialmente la radiación que nos
llega del Sol. Y que, aquí sí, puede demostrarse la existencia de relaciones de
causalidad entre las variaciones de la radiación solar y los ciclos climáticos
acaecidos durante el último millón de años.
Uno de los argumentos más
utilizados para desautorizar los razonamientos supuestamente negacionistas (ya que
la existencia de ciclos climáticos es incuestionable), es aseverar que el
calentamiento actual se está produciendo a velocidades anómalas, acelerándose como
consecuencia de las emisiones antrópicas de CO2. Sin embargo, esta afirmación
tampoco cumple el principio de causalidad, como la propia naturaleza se encarga
de demostrarnos.
Es indiscutible que nuestro
Planeta se está calentando. Desde la perspectiva temporal de unos cientos de
años, viene haciéndolo desde mediados del siglo XIX, cuando terminó la Pequeña
Edad de Hielo. Pero desde una perspectiva temporal más amplia, la Tierra se
está calentando (con altibajos y oscilaciones, como la que está ocurriendo
actualmente) desde que terminó la última glaciación hace unos 20.000 años. Como
es lógico, al aumentar la temperatura el agua se dilata, el hielo se funde, los
glaciares retroceden y el nivel del mar aumenta. De acuerdo con el principio de
causalidad, se puede afirmar que la elevación del nivel tiene como causa
principal el aumento de temperatura. Por lo tanto, si se produjese una
aceleración en el calentamiento, debería tener como consecuencia inmediata un
aumento en la velocidad de ascenso del nivel del mar. Pero esa aceleración no
se está produciendo. Las medidas de la red mundial de mareógrafos indican que
la velocidad actual de ascenso actual es tres veces más lenta que la que se
registraba hace unos cuantos miles de años. Y, el promedio mundial de los
últimos años es del orden de 3 mm/año, idéntico al que se estaba produciendo a
principios del siglo XX, cuando las emisiones antrópicas y el porcentaje de CO2
en la atmósfera eran muy inferiores los actuales. A pesar de estas evidencias
(todas las predicciones de catastróficos ascensos del nivel de mar, anunciando que
ciudades enteras iban a ser engullidas por las aguas, han fallado estrepitosamente),
el cambio climático se ha convertido en el comodín al que sistemáticamente se
recurre para esconder la falta de previsión o las deficiencias de gestión ante
catástrofes naturales. Así ocurrió con las terribles inundaciones de Valencia
en 2024, que costaron más de dos centenares de vidas. Y, también, así ocurre un
verano tras otro con los incendios, cuya relación con el cambio climático tampoco
cumple el principio de causalidad.
Los datos de la NASA, gracias a las observaciones desde satélite, indican una tendencia muy regresiva de la superficie total quemada por incendios en todo el Planeta a partir de finales del siglo XX (ver Figura 1).
Una tendencia similar se refleja a nivel global en los meses ya transcurridos de 2026, aunque el comportamiento de Europa (y especialmente el de España) se aleja significativamente de la tendencia mundial. En la figura 2 se ha representado conjuntamente la evolución de la superficie quemada (izquierda) y la gráfica acumulada (derecha) para el total mundial (arriba), Europa (centro) y España (inferior), de acuerdo con la información publicada por el Sistema Global de Información de Incendios (GWIS, según su sigla en inglés). En cada gráfica, la zona gris representa el intervalo de valores máximos y mínimos registrados durante el periodo 2012-2025, la línea azul representa el valor promedio para ese mismo periodo y la línea roja los valores correspondientes a 2026. Mientras que en la gráfica superior los valores de zonas quemadas se sitúan por debajo de los valores mínimos, en Europa se ajustan bastante bien a los valores promedio, mientras que en España los valores crecen anómalamente a partir de julio, acercándose a los valores máximos. Debe mencionarse que, sin las enormes superficies quemadas durante el mes de julio en España (y también en Francia), los valores europeos se situarían bastante más por debajo del promedio.
Figura 2
Si la causa principal de los incendios fuese realmente el calentamiento global, al tratarse de un problema de magnitud planetaria, debería detectarse a escala también global, y sin embargo no es así. Si el cambio climático afecta por igual a todo el Planeta y España es mucho más vulnerable ante el fuego, sólo puede deberse a factores diferenciales que afecten sólo a nuestro territorio. No debe olvidarse que el principio de causalidad tiene un enunciado adicional que no ha sido mencionado al inicio de este artículo, el principio de multiplicidad. Es decir, que una causa puede generar varios efectos y un efecto puede tener múltiples causas. Aplicando este principio al caso que nos ocupa, si el aumento de zonas quemadas puede deberse a varios factores además el cambio climático (piromanía, política de gestión de masas forestales, cambios de usos del suelo, falta de medios de extinción, despoblación de zonas rurales, cambios de usos y costumbres de la población, etc.) y en España existe un crecimiento anómalo de incendios, la causa debe buscarse en las diferencias que existen entre la gestión de nuestro territorio y el resto del mundo, y no en el cambio climático que afecta a todos por igual.
Ante esta situación, mientras
los expertos y técnicos de nuestro país reclaman la necesidad de un pacto de
Estado contra los incendios, el gobierno responde con una oferta mucho más
específica y restringida: un pacto de Estado contra el cambio climático. Es
decir, focalizando toda la atención en el calentamiento global y dejando de
lado los otros parámetros que pueden explicar las significativas diferencias
con las tendencias observadas con el resto del mundo. Para apoyar esta postura,
se insiste a la ciudadanía en que debemos
escuchar a la ciencia. Y, efectivamente, sin duda, eso es lo que hay que hacer.
Pero escuchar a toda la ciencia, y no sólo a una parte, por mayoritaria que sea,
porque como se ha mencionado anteriormente, el consenso científico sobre el cambio climático no existe. Y,
además, en el mundo de la ciencia, las verdades nunca se han establecido por
criterios democráticos, sino por pruebas y evidencias que demuestren su
conformidad con el comportamiento de la naturaleza, y no al revés.
El pasado mes de mayo, el
IPCC se vio obligado a reconocer que su escenario
de proyección climática RCP 8.5 era exagerado y no se ajustaba a la realidad,
aunque curiosamente este renuncio no ha tenido prácticamente ninguna
repercusión mediática y ha pasado desapercibido para la opinión pública. Debe
recordarse que esta es la previsión con la que se ha atemorizado a la población
durante años sobre la catástrofe climática que nos espera para el próximo siglo
si no se reducen las emisiones de CO2. Y, además, ha servido de base
para inspirar las políticas climáticas de muchos países (incluyendo los cambios
introducidos en la política de gestión forestal), entre ellos España y la Unión
Europea. Pero la naturaleza es muy tozuda y no quiere adaptar su comportamiento
a esos modelos informatizados de previsión climática que asignan al CO2 un
papel primordial, que, como ha demostrado la experiencia durante las dos
últimas décadas, fallan más que una escopeta de feria.
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas



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