La importancia de la
geología en la educación
Hubo un tiempo, especialmente a mediados del siglo XIX, en que la geología gozaba de una enorme popularidad. Informaciones sobre los hallazgos de grandes fósiles de dinosaurios ocupaban frecuentemente las primeras páginas de los periódicos con grandes titulares. No le iban a la zaga las virulentas discusiones sobre la edad de nuestro planeta, en las que las ideas revolucionarias de los primeros geólogos contradecían la historia establecida en los textos bíblicos. Lo mismo ocurrió cuando se hicieron públicas las ideas de Darwin y la incesante búsqueda de los eslabones perdidos en la cadena evolutiva. Y aprovecho esta cita, para reivindicar las grandes aportaciones de este científico a la geología. Porque a Darwin se le suele encasillar en el campo de la biología por su famosa obra El origen de las especies, pero en realidad publicó más artículos sobre temas geológicos que biológicos, entre ellos la hipótesis que explica el origen de los atolones del Océano Pacífico, que conceptualmente es todavía hoy aceptada como válida.
Mas tarde, a principios del siglo XX, la geología fue perdiendo popularidad, cediendo su lugar en las preferencias del público a otros temas tan apasionantes como los descubrimientos sobre la estructura atómica de la materia, la exploración astronómica sobre la inmensidad y el origen del universo, o las fascinantes relaciones entre el espacio y el tiempo postuladas por la Teoría de la Relatividad. Esta posición secundaria en el interés de la opinión pública (salvo algún impacto aislado, como por ejemplo el producido por las ideas de Wegener sobre la deriva de los continentes, posteriormente confirmadas por la tectónica de placas), ha continuado hasta la actualidad. De hecho, la geología aparece en los medios de comunicación sólo esporádicamente y siempre en relación con las catástrofes producidas por terremotos o erupciones volcánicas.
Además, este declive ha venido acompañado por una progresiva disminución de la presencia de la geología en los planes educativos, convirtiendo a la geología no sólo en una ciencia secundaria sino prácticamente ignorada para las nuevas generaciones. En efecto, desde hace décadas, existe en los planes educativos un marcado desequilibrio entre la geología y el resto de ciencias básicas como son la física, la química, las matemáticas o la biología. Esta falta de equidad es especialmente sensible en el campo de las denominadas ciencias naturales, donde la biología domina abrumadoramente en el contenido de los programas.
Las sucesivas reformas de los planes de educación han condenado a la geología a una marginalidad inexplicable, que ahora aún se pretende empeorar con una nueva reforma. Si el objetivo de la educación sobre la naturaleza es proporcionar a los alumnos la información necesaria para comprender el mundo en el que vivimos, esos conocimientos se quedan sustancialmente incompletos si no incluyen una información geológica suficiente. Esta afirmación no debe interpretarse, con una óptica simplista, como una reivindicación estrictamente corporativa, sino como una apreciación objetiva de los problemas que puede acarrear para la población, la falta de un conocimiento geológico elemental, similar al que los planes de educación proporcionan para otras ciencias básicas.
En la época que estamos viviendo, la protección de la naturaleza (afortunadamente) constituye una de las principales preocupaciones de nuestra sociedad. Pero toda la atención está concentrada en la biota, en la flora y en la fauna, tendiendo a olvidar que el sustrato de rocas y suelos sobre el que la vida se desarrolla es imprescindible para el desarrollo de la vida. Desde esta óptica sesgada, se tiende a considerarse que los riesgos para el equilibrio ecológico afectan exclusivamente a los reinos animal y vegetal, olvidando los parámetros del reino mineral que controlan dicho equilibrio.
Además, en
la práctica, la falta de un conocimiento elemental sobre los mecanismos
naturales que han controlado la historia geológica de nuestro planeta tiene
graves consecuencias en la percepción social de los riesgos ante catástrofes
naturales. Desde hace décadas, se viene atemorizando a la población sobre las horribles
consecuencias del calentamiento global y la anómala velocidad de ascenso del
nivel del mar. Y estas amenazas, con frecuencia injustificadas, tienen un mayor
impacto como consecuencia de la falta de conocimientos geológicos básicos de la
historia de la Tierra. Porque nuestro querido planeta, en tiempos pasados, ha
experimentado temperaturas mucho más elevadas que las actuales, al mismo tiempo
que el nivel del mar se elevaba a velocidades mucho más rápidas que las que se
están observando ahora.
Las consecuencias
derivadas de esta falta de atención a los conocimientos geológicos, no afectan
sólo a la opinión pública, sino que tiene derivaciones más graves. La clase
política es un reflejo de la sociedad que les aúpa al poder, y por lo tanto
reflejan en sus decisiones institucionales las preferencias de quien les han votado.
Y esta ignorancia conduce a la aprobación de normativas aberrantes o a la
adopción de decisiones funestas que
propician grandes catástrofes. Así ha ocurrido repetidas veces durante los
últimos años en España, al permitir la construcción en áreas inundables o
cancelar la construcción de infraestructuras hidráulicas imprescindibles.
Desgraciadamente, esta situación no afecta sólo a nuestro territorio, sino que puede decirse que se trata de un problema global. A lo largo de las últimas décadas y por motivos profesionales, he podido visitar los ministerios y entidades responsables de la gestión medioambiental de muchos países del mundo. Y he podido comprobar que sus equipos técnicos estaban integrados muy mayoritariamente (por no decir de forma exclusiva) por especialistas medioambientales, biólogos, botánicos y zoólogos. Estas especialidades son indudablemente imprescindibles para las tareas medioambientales, pero no son suficientes si están ausentes los conocimientos geológicos. ¿Cómo se puede gestionar adecuadamente el equilibrio de la flora y de la fauna con su entorno sin tener en cuenta el sustrato en el que viven?
O también,
¿ cómo se puede detectar y medir la contaminación del suelo o del agua sin tener en cuenta la composición
natural del subsuelo? Esta omisión no es baladí y en la práctica ha generado errores
muy graves en la gestión medioambiental, porque hay ocasiones en que la naturaleza es tóxica o
peligrosa para la salud, sin que ello implique ninguna alteración contaminante
producida por la mano del hombre. Eso es lo que ocurre por ejemplo con las aguas
o los suelos desarrollados sobre determinados tipos de rocas o el entorno de
algunos yacimientos minerales, antes de su explotación minera. En estos casos, el
contenido en determinados elementos puede exceder de los valore límite
(umbrales) para ser considerados como contaminación, a pesar de que su
presencia se deba a procesos estrictamente naturales. Son muy frecuentes los
casos en que se detectan contaminaciones a partir simplemente de unos análisis
químicos, sin caracterizar a las rocas del subsuelo ni identificar el posible
origen natural del supuesto contaminante.
El mejor ejemplo
que conozco de este tipo de situaciones ocurrió hace algunos años en un país
nórdico. En el patio de un colegio, durante el recreo, una niña se cayó y se
hizo una pequeña herida que, posteriormente, se infectó. Su padre, preocupado
por la causa de la infección, solicitó a las autoridades un análisis del suelo
del patio. Los resultados indicaron que aquella tierra contenía una mínima
cantidad de plomo, tan sólo de unas pocas partes por millón, un valor completamente
normal que puede encontrarse en cualquier suelo en cualquier lugar del mundo. Sin
embargo, de acuerdo con la normativa medioambiental del país, aquel suelo
estaba contaminado. Como ocurre algunas veces, el tema se magnificó en la
prensa, se hinchó como una bola de nieve y se convirtió en un problema político
de primer orden y las autoridades decidieron analizar los suelos de todos los
colegios de la zona. Todos fueron catalogados como contaminados y el escándalo
continuó aumentando. El Ministerio de Educación se vio obligado a elaborar un
plan para remover esos suelos y sustituirlos por otros no contaminados. El
verdadero problema se planteó cuando fue imposible localizar dentro del país
suelos con valores de plomo por debajo del supuesto límite de contaminación.
La moraleja de esta
historia es muy clara, no tiene ningún sentido prohibir ciertos niveles de determinados
elementos químicos, cuando su existencia es debida a procesos naturales. Las
normativas que se hacen a espaldas de las leyes de la naturaleza conducen a la
aparición de problemas ficticios, que podrían evitarse si se tuviese en
consideración el contexto geológico de la supuesta zona contaminada.
No deja de ser
llamativo que, ante situaciones como la anteriormente descrita, los especialistas
medioambientales suelan catalogarlas como contaminación natural. Esta
denominación, aparentemente inocente, pero con evidentes connotaciones negativas,
encierra además un grave contrasentido. Si definimos como contaminación a la
modificación artificial de la composición natural, es impensable que la
naturaleza se contamine a sí misma. Y, el sesgo antes mencionado entre la
geología y otras ciencias naturales ha llegado a reflejarse en el lenguaje.
Así, ante la presencia de una toxicidad natural asociada a un organismo vivo
(por ejemplo, una seta mortífera o el veneno de una serpiente), se acepta
implícitamente su toxicidad, sin ninguna connotación negativa asumiendo que forma
parte de la naturaleza, de la biodiversidad. Sin ningún
género de dudas, se trata de una calificación absolutamente correcta, aunque subliminalmente
discriminatoria respecto de la contaminación natural, igualmente
derivada de procesos totalmente naturales como consecuencia de la geodiversidad.
Como conclusión,
no debe olvidarse que la geología es una ciencia fundamental para comprender la
dinámica y el comportamiento de nuestro planeta, gestionar sus recursos de
forma sostenible y prevenir riesgos naturales, afrontando con conocimiento de
causa los retos que plantea el cambio climático y la ordenación del territorio.
Un mayor conocimiento elemental de la historia geológica de nuestro Planeta,
introduciendo las mejoras necesarias en los planes educativos, permitiría
entender mucho mejor el mundo que nos rodea y adquirir una capacidad de
análisis más objetiva sobre amenazas medioambientales infundadas.
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas

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