¿ Qué supone un riesgo mayor, el calentamiento global o la política climática?
Enrique
Ortega Gironés
Desde hace varias décadas, se viene atemorizando a la población con informaciones sobre las consecuencias que puede tener el calentamiento global para el futuro del Planeta y de la Humanidad. Las noticias que se difunden sobre esta problemática suelen tener un tomo alarmista y catastrófico, responsabilizando a las actividades humanas, especialmente a las emisiones de CO2 a la atmósfera, del calentamiento que está experimentando la Tierra. Para frenar y revertir el aumento de la temperatura, la mayor parte de los países están adoptando políticas climáticas que inducen a condicionar y restringir algunos aspectos de la vida cotidiana, como por ejemplo la alimentación, el transporte, el consumo de energía o la libertad de desplazamiento, limitaciones que implican importantísimas consecuencias económicas. La imposición de este tipo de medidas se apoya en un supuesto consenso científico sobre el origen humano del calentamiento global y sus dramáticas consecuencias, profetizadas para las próximas décadas gracias sofisticados modelos climáticos que utilizan millones de datos meteorológicos y las más poderosas herramientas informáticas disponibles.
Sin embargo, ese alardeado consenso está lejos de existir, porque miles de científicos (entre ellos, varios premios Nobel) opinan que el calentamiento que está experimentando el Planeta no es extraordinario, ni crítico ni peligroso. La información geológica, que permite reconstruir la historia climática del Planeta a lo largo de miles de millones de años, demuestra que el calentamiento actual está ocurriendo de acuerdo con los ritmos ancestrales que impone la naturaleza desde el principio de los tiempos. Estos datos indican no sólo que las temperaturas actuales están muy lejos de ser anómalas (por el contrario, son frías en comparación con las alcanzadas en épocas anteriores) sino que, además, la evolución térmica de la Tierra es independiente del contenido de CO2 en la atmósfera.
La tozuda realidad, la que se deriva de la observación de los procesos naturales, desautoriza las interpretaciones catastrofistas del calentamiento global, ya que ninguno sus dramáticos pronósticos se han cumplido. En efecto, en contra de los vaticinios, el nivel de aumento del nivel del mar es hoy más lento que en épocas anteriores (las ciudades costeras y archipiélagos del Océano Pacífico no han sido tragados por las aguas),el hielo ártico no ha desaparecido y el antártico está aumentando, el planeta no se está desertizando (por el contrario, es cada vez es más verde) y las estadísticas indican que no hay un aumento en la frecuencia e intensidad de los desastres naturales.
Sin embargo, a pesar de la flagrante contradicción entre
realidad y vaticinios, la interpretación que atribuye a las actividades humanas
la responsabilidad del calentamiento del Planeta, en lugar de considerarse como
una simple hipótesis, se erige como una verdad absoluta que no puede ser
discutida. Ese es el dogma que sustenta las políticas climáticas oficiales y
que, gracias a una formidable campaña de publicidad a nivel global, han
conseguido incrustar el miedo al cambio climático en la conciencia colectiva.
Ese logro ha sido posible gracias a un enorme y continuado despliegue
informativo en los medios de
comunicación, en las redes sociales (incluyendo la Inteligencia
Artificial) y también en los programas educativos. En efecto, en los libros de
texto, empezando por los niveles más elementales de la educación, se presenta
la hipótesis antrópica del calentamiento global como un hecho probado e
indiscutible, educando a las nuevas generaciones con las mismas informaciones
sesgadas que inundan periódicos y noticieros.
Existe por lo tanto una considerable presión
mediática que, gracias a un gigantesco embudo informativo, empuja la conciencia
social colectiva hacia un pensamiento único. Esta situación, que peligrosamente
empieza a tener una deriva que recuerda a las sociedades descritas en las fábulas
distópicas escritas por Aldous
Huxley (Un
mundo Feliz) y Georges
Orwell (1984). Ambas
novelas, a pesar de sus diferencias de estilo y planteamiento, tienen un
inquietante punto en común porque en sus respectivas tramas, barridas por el
viento del desarrollo tecnológico, han desaparecido las libertades individuales
y la diversidad cultural, como si fuesen entelequias arcaicas. La comparación
entre las sociedades descritas en dichas novelas y alguna de las tendencias que
se observan en el mundo actual, es la que ha llevado al autor a la escritura dela
fábula anovelada, cuya portada encabeza este artículo y cuyo título toma como
clara referencia la mencionada obra de Orwell.
2064, un mundo no tan feliz constituye la tercera entrega de una trilogía focalizada en conflictivos temas medioambientales. La primera parte (No es oro todo lo que reluce) estuvo dedicada al uso del mercurio en la minería artesanal del oro. La segunda (El encinar del plutonio) centrada en la energía nuclear y los residuos radioactivos. Y, esta tercera (2064 Un mundo no tan feliz), centrada en la problemática del cambio climático y el calentamiento global, donde la narración se proyecta hacia un futuro no muy lejano, donde los protagonistas deben hacer frente a las adversas consecuencias derivadas de las políticas fallidas que han pretendido ejercer un control sobre el clima. La acción se inicia en 1989, cuando al mismo tiempo que se derrumbaba el Muro de Berlín, una élite global maniobra para establecer un nuevo orden mundial, basado en el miedo, convirtiendo el ecologismo en una nueva religión, que servirá como excusa para limitar libertades y manipular a la población. Las bases conceptuales de la narración se fundamentan en los criterios científicos detallados en numerosos artículos y en la obra Cambios Climáticos, escrita conjuntamente con José Antonio Saénz de Santa María Benedet y con Stefan Uhlig. Con este telón de fondo, la novela trata de alertar sobre las consecuencias económicas y sociales del derroche (tan contraproducente como estéril) de miles de millones de euros en una guerra inútil contra un cambio climático sobre el que no tenemos capacidad para frenar ni para revertir.
Leyendo las novelas
antes mencionadas desde la perspectiva actual, debe reconocerse la formidable
intuición que tuvieron sus autores hace un siglo. En aquellos momentos, ellos aún
desconocían las capacidades que en el futuro tendrían los medios de
comunicación, antes de que Joseph Goebbels empezase a aplicar en
Alemania las técnicas propagandísticas basadas en la repetición
exhaustiva de ideas falsas para convertirlas en verdades. Ellos no podían
vislumbrar ni por asomo el enorme
potencial de la tecnología hoy disponible, aunque en cierto modo, los omnímodos
poderes del Gran Hermano pueden considerarse precursores de las
herramientas cibernéticas actuales.
Hoy, a punto de culminar el primer cuarto del siglo XXI,
mirando a nuestro alrededor, podemos observar cómo se cumplen con asombrosa
precisión las profecías de Huxley. La mayoría de la población acepta con
naturalidad e indiferencia las distorsiones de la realidad, un entramado de
medias verdades y flagrantes falsedades que inducen el miedo climático, mientras
disfruta de la mayor comodidad y de las mejores diversiones que ha tenido la
humanidad desde el inicio de los tiempos.
Esta situación se ha alcanzado después de una larga evolución,
registrada a lo largo de las últimas décadas, gracias a lentos cambios progresivos en la
escala de valores, donde han influido significativamente las modificaciones
introducidas en los sistemas educativos. Es decir, gracias a lo que se ha
denominado ingeniería social. A lo largo de la Historia, han sido los conceptos
religiosos o nacionalistas (y con frecuencia, una combinación de ambos), los
que a menudo han servido de excusa a los gobernantes, o a las élites
dirigentes, para satisfacer sus ambiciones personales a costa de imponer
sacrificios a la población. Durante siglos, a los ciudadanos normales, se les
ha imbuido de la imprescindible necesidad de autoimponerse restricciones y
sacrificios, sufriendo en este mundo para optar a la recompensa de la vida
eterna, ya fuese en el cielo cristiano o en el paraíso de la huríes.
En el siglo XVIII, conocido como Siglo de las Luces, la
fulgurante evolución de la Ciencia, la Ilustración y la Revolución Industrial,
se llevaron por delante en buena medida los criterios religiosos como
vertebradores sociales, imponiendo (al menos teóricamente), criterios basados
en la Razón y el Conocimiento. Como consecuencia, gobernantes y dirigentes se
vieron obligados a recurrir a nuevas estrategias de movilización y de control
de la población, ya que las doctrinas religiosas, dejaron de ser mayoritariamente
efectivas como instrumento político. En los países donde las doctrinas y credos
fueron erradicadas por razones ideológicas, o en aquellos otros donde las
religiones fueron permitidas, aunque
bajo regímenes dictatoriales, la solución fue simple: censurar y filtrar la
información para que la población sólo pudiese
acceder a la parte de la realidad que les interesaba a sus dirigentes.
Pero ¿ cómo mantener esa capacidad de movilización y
dirección social en un régimen democrático? Es complicado imponer un criterio
único, cuando oficialmente existe libertad de pensamiento, sin restricciones
para acceder, publicar o difundir cualquier tipo de información. Sin embargo,
como ha demostrado la experiencia, se puede conseguir el objetivo deseado
mediante la implantación de una estrategia múltiple. En primer lugar,
estableciendo un sistema de educación selectivo, que proporcione los
conocimientos necesarios para el mantenimiento de la economía y del desarrollo
tecnológico, pero limitando la capacidad crítica, minimizando la formación en
aquellas materias que ayudan a analizar y evaluar la realidad por comparación
con periodos anteriores, como son la Filosofía y la Historia.
En segundo lugar, proporcionando a la población una variada
y completa oferta lúdica, que inhiba la curiosidad y los estímulos hacia
inconvenientes o inoportunas reflexiones sobre la realidad. Los emperadores
romanos ya aplicaron con éxito esta fórmula, el conocido lema de panem et
circenses.
Y, en tercer lugar, introduciendo un sucedáneo eficiente
que supla el papel aglutinante y generador de la capacidad de sacrificio que
antaño proporcionaba la religión. Dicho sustitutivo, apareció de forma
espontánea y poco llamativa hace algunas décadas, aunque no tardó mucho en
llamar la atención de dirigentes y políticos. El movimiento ecologista surgió
en la década de los años 70 del siglo XX, y pronto consiguió un logro tan imprescindible como urgente:
concienciar a la humanidad de que el equilibrio de la naturaleza es frágil y de
que es necesario poner freno a una contaminación desenfrenada y creciente.
Gracias
a las ideas ecologistas, ha sido posible romper la inercia de comportamientos
sociales inaceptables, creando conciencia sobre los problemas de medio ambiente
y cambiando los hábitos cotidianos de millones de personas. Es este un mérito
indiscutible e incuestionable, que debe ser reconocido como tal, ya que, sin su
contribución, la situación y las perspectivas de futuro del medio ambiente en
nuestra querida Tierra, no serían hoy las mismas.
Sin
embargo, la implantación y aceptación social del ecologismo ha sido tan
fulgurante, ha tenido tal impacto social, que aquel movimiento inicialmente espontáneo y
desinteresado, se vio rápidamente abocado a participar en la vida política,
aumentando progresivamente su cuota de poder, accediendo a responsabilidades
legislativas y de gobierno, así como a ingentes recursos económicos, y
evolucionando en sus estrategias hacia los comportamientos habituales en
política. Inicialmente, los partidos políticos tradicionales contemplaron la
irrupción del ecologismo con escepticismo y reticencia, mirándolo por encima
del hombro con aires de superioridad. Pero pocos años después, a la vista de su
meteórica evolución, se vieron obligados a incluir en sus programas las nuevas
doctrinas, so pena de perder un buen porcentaje de votos.
Así, progresivamente, el ecologismo se fue desvirtuando
respecto de sus planteamientos iniciales para convertirse, salvo raras y
honrosas excepciones, en lo que es hoy, una palanca, un instrumento en el que
apoyarse para conseguir objetivos políticos y económicos, utilizando como
excusa los graves problemas medioambientales que afectan al Planeta. Y en la
cresta de la ola de esa tendencia de politización interesada se encuentra la
lucha contra el calentamiento global, una cruzada de dimensiones planetarias en
la que se están invirtiendo recursos astronómicos, a pesar de las advertencias
de numerosos y prestigiosos científicos sobre la inutilidad de dichas
inversiones.
La lucha contra el calentamiento global se ha convertido en
una especie de nueva religión, la doctrina que proporciona los argumentos
imprescindibles para que los ciudadanos asuman de buen grado sacrificios que de
otra forma serían inaceptables. En todo sistema religioso son imprescindibles las verdades que se
tienen como ciertas, que no tienen por qué ser demostrables y no pueden ser
puestas en duda, porque constituyen el núcleo de la creencia. Es decir, los
dogmas, que deben ser obligatoriamente aceptados, aunque existan muchas
evidencias sobre su falta de realidad. En la nueva religión climática, el dogma
principal sobre el que se basa toda la doctrina, afirma que el Hombre es
responsable exclusivo del calentamiento global, y como ocurre en todas las
religiones, quien no acepte esa verdad debe ser estigmatizado.
Afortunadamente, el mundo actual está todavía lejos de las
distópicas sociedades descritas por Huxley y Orwell, ya que los
patriarcas de la nueva religión no han alcanzado todavía el control absoluto de
la sociedad. Sin embargo, no deben minimizarse los riesgos que conlleva la progresiva
intromisión en nuestras vidas de la nueva religión, limitando de forma
creciente las libertades individuales, como demuestra la Agenda 2030 y el
Green Deal diseñado por la Unión Europea.
Estas son las reflexiones a las que invita la lectura de 2064,
un mundo no tan feliz, una fábula que intenta alertar sobre un futuro
potencialmente peligroso y oscuro si se continúan y acentúan ciertas derivas
actuales. A quienes hayan leído Un mundo feliz y 1984, no les
costará reconocer que, desde el punto de vista conceptual, el control de las
redes sociales empujando hacia un pensamiento único recuerda bastante al Gran
Hermano y los manejos estadísticos de los datos climáticos por parte del
IPCC no difieren mucho de las maniobras realizaban la Policía del Pensamiento
o el Ministerio de la Verdad.
Por eso, volviendo al encabezamiento de este artículo, cabe
preguntarse ¿ qué es lo que supone un mayor riesgo para la humanidad, el
calentamiento global o la política climática ? Aldous Huxley fue capaz de responder
una disyuntiva similar con una frase genial: Una dictadura perfecta tendría
la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros
en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un
sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los
esclavos amarían su servidumbre. El refranero español, por su cuenta, lo
dice de una forma más sucinta y directa, puede ser peor el remedio que la
enfermedad.
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas

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