Netflix y los fenómenos
meteorológicos extremos
Stefan Uhlig, Enrique Ortega Gironés y José Antonio Sáenz de Santa María Benedet
Es muy habitual en esta época escuchar
en los medios de comunicación que, como consecuencia del cambio climático, está
aumentando la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos
extremos. Uno de ellos son los ciclones tropicales, que reciben diferentes
nombres según su distribución geográfica: huracanes en el Atlántico y en el
Pacífico Oriental, tifones en el Pacífico Central y Occidental, y ciclones en
el Océano Índico. La Figura 1 muestra la trayectoria seguida por el enorme
número de ciclones tropicales ocurridos en el Atlántico Norte (desde 1851) y en
el Pacífico Norte Oriental (desde 1949).
Figura 1: Trayectoria seguida por los ciclones tropicales del Atlántico Norte (desde 1851) y del Pacífico Norte Oriental (desde 1949).
La industria cinematográfica siempre ha tenido una especial querencia por rodar películas relacionadas con las catástrofes, por eso no puede sorprender la aparición en Netflix de la serie denominada Después del Huracán, dedicada a la catástrofe provocada por el Katrina. ¿Pero es cierto, como se dice machaconamente, que el número y la intensidad de los huracanes en nuestro planeta va en aumento? La climatología histórica proporciona información fidedigna sobre la evolución de estos fenómenos meteorológicos, que aún siendo extremos no tienen nada de extraordinario, ya que son habituales en muchas zonas del mundo.
El análisis de más de 800 documentos históricos del período colonial
español (cuadernos de bitácora de los galeones que atravesaban el Atlántico),
evidencia que hubo un aumento significativo de huracanes y ciclones tropicales a
finales de los siglos XVI y
XVIII. Por el contrario, el siglo XVII fue relativamente tranquilo, con un
menor número de ciclones y de los naufragios que de ellos se derivaron.
Si comparamos estos datos
históricos con los resultados del análisis dendrocronológico de los anillos de crecimiento
de los pinos centenarios, puede comprobarse que existe una disminución del 75 %
en el número de ciclones tropicales durante el periodo frío denominado mínimo de
Maunder (1645-1715), cuando disminuyó el número de manchas solares y la energía
recibida del sol, por lo que bajaron las temperaturas de forma apreciable.
Durante los tres siglos y medio que transcurrieron entre los años 1500 y 1850,
más de 600 barcos españoles se hundieron al cruzar el Atlántico como
consecuencia de los huracanes. Estos datos demuestran que, durante la Pequeña
Edad de Hielo, una época fría y obviamente preindustrial, el Atlántico experimentó
con frecuencia condiciones meteorológicas “extremas”. Las modernas investigaciones
científicas (meteorológicas y de otro tipo) evidencian que las Oscilaciones
Oceánicas tienen una gran influencia en los patrones climáticos y, por lo
tanto, también en los fenómenos meteorológicos denominados extremos.
Para comprender estos procesos meteorológicos debe tenerse en cuenta la enorme extensión de agua que existe en nuestro Planeta. La Tierra tiene una superficie de unos 510 millones de km2 de los que, en la actualidad, cerca del 70,7 %, es decir unos 361 millones de km2, están ocupados por mares y océanos. Este inmenso volumen de agua hace que los océanos sean los acumuladores de calor más grandes de la Tierra y que desempeñen un papel fundamental, probablemente el más importante de todos, en la evolución del tiempo meteorológico y del clima. Esta importancia es especialmente sensible en las zonas tropicales (cerca del ecuador), donde la formación de nubes encima de los océanos tiene gran influencia en la evolución de corrientes y vientos marinos, de las temperaturas de las aguas superficiales y de otros parámetros. Además, esa influencia se extiende hacia otras regiones oceánicas alejadas de la franja ecuatorial, hacia los polos, influyendo en la cobertura de nubes bajas, un componente que tiene una influencia muy grande en la evolución de la temperatura de la atmósfera.
Las interdependencias e interacciones entre los sistemas Sol – Océanos
– Atmósfera terrestre son muy complejas y todavía hemos de aprender muchas
cosas para poder entenderlas correctamente. A los efectos del contenido de este
artículo, para comprender los mecanismos que controlan su formación,
describiremos brevemente unos fenómenos cíclicos a los que se han denominado oscilaciones
oceánicas. Dichas oscilaciones representan variaciones periódicas en la
temperatura y dirección de desplazamiento del agua oceánica. Estos cambios
cíclicos son conocidos en todos los océanos del mundo y su interacción juega un
papel fundamental en la evolución climática. Así, la Oscilación del Atlántico
Norte (NAO North Atlantic Oscillation en inglés), al interaccionar con la
Oscilación Ártica (AO Artic Oscillation en
inglés), controla la evolución meteorológica en nuestras latitudes europeas, al
ser responsable de los contrastes entre la zona de aires cálidos y elevadas
presiones en las Azores al sur, con zonas de bajas presión y aires más fríos en
el norte (zona de Islandia).
La intensidad de la Oscilación del Atlántico Norte (NAO) se cuantifica
mediante el denominado índice NAO, definido por las diferencias entre las
presiones medias en dos estaciones meteorológicas de referencia, una en las Azores y la otra en
Islandia. Cuando la diferencia es grande, el índice NAO es positivo (NAO+).
Cuando la diferencia es baja, el NAO es negativo (NAO-). La NAO es responsable
de las tendencias climáticas multianuales, generando inviernos suaves con
abundantes precipitaciones en Europa central, cuando la tendencia es NAO +,
mientras que condiciona inviernos relativamente fríos y secos en las regiones
del Mediterráneo y del África del Norte cuando la tendencia es NAO -.
Otro parámetro meteorológico de gran importancia es el AMO (Atlantic Multidecadal Oscillation en inglés), que describe los cambios cíclicos repetidos en las corrientes del Atlántico que tienen influencia en las temperaturas del agua cerca de la superficie, afectando también a las temperaturas de la atmósfera en el hemisferio norte.
Se habla de una fase positiva del AMO (valores positivos del índice
AMO+), cuando masas de agua cálidas de las zonas tropicales fluyen más a menudo
hacia el norte del Atlántico, aumentando la tasa de deshielo. Las fases
negativas (valores negativos del índice AMO-) se corresponden con las
situaciones meteorológicas de efectos opuestos, cuando las masas de agua
cálidas fluyen más lentamente hacia el norte. Las consecuencias típicas de un AMO
negativo son temperaturas más bajas en el norte de América y de Europa, al
mismo tiempo que aumenta la masa de hielo polar. Por el contrario, las zonas
árticas sufren una disminución de hielo durante las fases positivas del AMO,
como ha ocurrido durante las últimas décadas, aunque parece que la fase positiva
actual está perdiendo fuerza desde el comienzo del nuevo milenio.
La influencia del AMO es muy importante en la evolución de las precipitaciones. Así, los periodos de grandes lluvias en el norte de Europa se corresponden con las fases de un índice AMO negativo y los períodos de baja actividad solar, mientras que al mismo tiempo disminuyen las precipitaciones en el sur de Europa, norte de África y la costa oriental de Norteamérica.
Del mismo modo, la AMO ejerce una influencia significativa en el desarrollo de los huracanes. Si analizamos el número de huracanes ocurridos después de la Pequeña Edad de Hielo, entre 1856 y 2005 (ver Figura 2), se puede comprobar que su frecuencia evoluciona siguiendo los ciclos de la Oscilación Multidecadal Atlántica. En la misma gráfica se observa también que el promedio de número de huracanes por década no ha aumentado significativamente durante el siglo XX, a pesar de las informaciones que al respecto aparecen en los medios de comunicación, especialmente al final de cada verano.
Complementariamente a los datos representados en la Figura 2, los registros indican que desde 2005 hasta la actualidad ha descendido la fuerza, la duración y la frecuencia de los huracanes en el Atlántico Norte. Es decir, que no hay evidencias de que se estén intensificando los fenómenos meteorológicos extremos en este océano.
Se ha podido rastrear la actividad
de las AMO desde hace varios siglos y se ha podido comprobar, atendiendo a las
variaciones en la duración de cada oscilación, la extrema complejidad de las influencias
e interrelaciones entre las variaciones de la actividad solar y los cambios en los
océanos y la atmósfera. Las investigaciones científicas realizadas en las
últimas décadas están permitiendo encontrar cada vez más indicios de que la
evolución de las oscilaciones oceánicas coincide con los ciclos de la actividad
solar de corto y medio plazo, como son los ciclos básicos de unos 11 años, o
sus múltiplos como por ejemplo los de unos 22 años, o ciclos de unos 50-70 años
como los que aparecen claramente representados en la Figura 2. Pero no debe
olvidarse que la evolución temporal de estos procesos es muy compleja, ya que a
estos ciclos de corta duración se les superponen probablemente ciclos largos de varios
siglos de extensión, además de la influencia de los ciclos de la actividad solar
de uno o dos milenios de duración.
Figura 3: Energía ciclónica
acumulada (ACE) global (curva superior con puntos azules) y del hemisferio
norte (curva inferior con puntos grises). El área sombreada de la diferencia
entre ambas curvas corresponde a la ACE del hemisferio sur.
Otro parámetro importante para caracterizar los huracanes y ciclones tropicales es la medida de la energía ciclónica acumulada (ACE Accumulated Cyclone Energy en inglés). La energía liberada por los ciclones se estima con base a su duración, velocidad y otros parámetros. La Figura 3 muestra la evolución de la ACE (a nivel global y para el hemisferio norte) desde los años 70 del pasado siglo. La gráfica no muestra ningún aumento en la ACE en los últimos 52 años, sino una tendencia periódica de altibajos con un patrón similar a la evolución de la Oscilación Meridional de El Niño (ENSO El Niño Southern Oscillation en inglés). Es evidente pues que las oscilaciones oceánicas tienen una gran influencia en el desarrollo del clima y la formación de ciclones tropicales y es de esperar que investigaciones futuras sobre la ciclicidad de la actividad solar y su influencia en los fenómenos meteorológicos contribuya significativamente a refinar los modelos climáticos actuales.
Remontándonos más hacia atrás en el tiempo, son muy interesantes
los estudios geológicos realizados en sedimentos de entre 2.500 y 10.000 años
de antigüedad. En ellos se ha podido determinar la intensidad relativa de las tormentas mediante las velocidades
del viento necesarias para transportar diferentes fracciones de tamaño de granos
de arena. Y la evolución en el tiempo de dicha intensidad indica también la
existencia de periodicidades de 200, 300 y 2.500 años aproximadamente, que
coinciden con los ciclos de variación de la actividad solar.
Se ha interpretado que las fluctuaciones en la intensidad de
las tormentas influyen en los regímenes de precipitación del norte de Europa.
Como se muestra en la Figura 4, puede existir una relación con los cambios en la
posición e influencia delos anticiclones de las Azores y el vórtice polar
(panel superior de la Figura 4). Estos dos fenómenos atmosféricos, que tienen gran
importancia meteorológica y
climatológica en el Atlántico Norte, están controlados por las oscilaciones
oceánicas, que a su vez dependen de la energía solar incidente. En la gráfica
inferior de la Figura 4 se observa también como existe una correlación entre el
transporte de sedimentos a través de los iceberg (sedimentos derivados por el hielo) y la intensidad de las
tormentas. No deja de ser sorprendente que los periodos de máxima intensidad de
tormentas coincida con los Óptimos Climáticos del Atlántico y del Período Minoico.
Figura 4: Tormentosidad relativa
(eje Y izquierdo) en el Atlántico Norte entre 2.500 y 10.000 años atrás (edad
creciente de izquierda a derecha, eje X) con la evolución del cambio de
posición de las frentes de las Azores (más al sur o más al norte, eje Y derecho
del panel superior) y el aumento de los sedimentos derivados por el hielo (eje Y
derecho del panel inferior).
Si hablamos de fenómenos meteorológicos extremos, no debemos olvidarnos de los tornados,
esos remolinos cuyos vórtices de aire, generalmente llenos de polvo en espiral,
giran sobre sí mismos y se desplazan por la tierra a velocidades de hasta 500
km/h, arrasando con todo lo que encuentran a su paso. Se forman principalmente
en regiones y épocas donde existan grandes diferencias de temperatura, por
ejemplo, cuando los aires cálidos del océano del Golfo de México se encuentra
con vientos terrestres mucho más fríos provenientes de las Montañas Rocosas de
los Estados Unidos. Estas diferencias de temperatura suelen ser mayores durante
los períodos fríos que durante los períodos cálidos, cuando suele existir un
mayor equilibrio térmico. Cada año, estos ciclones dejan una estela de
devastación en Estados Unidos, donde además de tornado (esta palabra proviene
del español, tornar) también se les conoce como twisters. Cuando los tornados se desplazan sobre el mar, sus
espirales se llenan de agua y se denominan trombas marinas.
La Figura 5 presenta el número
anual de tornados en los 48 estados contiguos continentales de Estados Unidos (CONSU) entre 1950 y 2022. La curva azul claro muestra el número
total de tornados, la curva morada muestra sólo aquellos muy intensos (intensidad
EF-2 o superior) y la curva roja muestra el número promedio anual de manchas
solares, indicativa de la actividad solar. En Estados Unidos, la intensidad de
los tornados se clasifica según su velocidad de propagación, utilizando una
escala denominada Enhanced Fujita Scale
(EF), que llega hasta EF-5 para tornados extremadamente fuertes. Los
tornados más débiles de la clase EF-1 llegan a velocidades de hasta 110 mph
(~177 km/h), mientras que los que alcanzan mayores velocidades se clasifican
como clase EF-2 y superiores.
Figura 5: Representación del número anual de tornados en los 48 estados contiguos continentales de Estados Unidos(CONSU) de 1950 a 2024; curva azul claro: número total de tornados con línea de tendencia (polinomial); curva violeta: número de tornados con una intensidad de EF-2 o mayor; curva roja: número promedio de manchas solares observadas anualmente; eje y: número anual de tornados o manchas solares.
La gráfica de la Figura 5
muestra claramente que el número total de tornados anuales ha aumentado durante
el período mostrado, mientras que el número de manchas solares ha disminuido
ligeramente (línea roja). Sin embargo, es curioso que los tornados de mayor
intensidad disminuyen ligeramente, sugiriendo que una menor intensidad solar
favorece la formación de tornados, especialmente los tornados más débiles,
mientras que los más violentos disminuyen. En cualquier caso, puede constatarse
que a pesar del calentamiento global (o quizás debido a él), el número de
tornados devastadores en Estados Unidos ha disminuido ligeramente a lo largo de los últimos
70 años.
Los datos de las gráficas
expuestas indican que las interacciones entre los sistemas Sol, Océano y
Atmósfera son muy complejas y aún estamos lejos de comprenderlas de forma
completa, tanto en lo que se refiere a la actualidad como a los tiempos
pasados, ya que han estado sujetas a cambios constantes, incluso durantetiempos
geológicos recientes. Por otra parte, no debemos olvidar que la actividad de
esos tres sistemas puede verse alterada por eventos aislados de corta duración,
como son las erupciones volcánicas de gran intensidad.
Desde sus inicios, la humanidad ha tenido miedo a los inexplicables fenómenos
meteorológicos que hoy se denominan extremos y que no se pueden controlar ni
dominar. En cualquier caso, los datos estadísticos sobre la evolución en el
tiempo de dichos fenómenos, indican con claridad que no existe un aumento
crítico asociado a una inexistente crisis climática, y que los huracanes y los
ciclones están apareciendo al mismo ritmo secular que la naturaleza viene
imponiendo desde siempre. Pero una cosa es el mundo de la ciencia y otra muy
diferente es el universo de la comunicación audiovisual y la tendencia
generalizada que existe para atemorizar a la población con desastres
climáticos. Hace algo más de una década, dos películas estadounidenses (Gasland
y Tierra Prometida), utilizando argumentos sesgados y fraudulentos,
consiguieron desprestigiar la técnica petrolera de la fracturación
hidráulica (la denominada técnica de fracking)
para la extracción de petróleo y gas. Su impacto a
nivel mundial fue tan alto, que muchos países
(como el nuestro o el Reino Unido, por ejemplo) prohibieron su
utilización, a pesar de que esta técnica venía utilizándose en los pozos de
petróleo sin ningún problema desde finales de los años 50 del pasado siglo XX.
Hoy en día, tanto en Estados
Unidos como en el Reino Unido, las perforaciones para extracción de petróleo y
gas mediante fracturación
hidráulicas e han reiniciado sin que ninguna de las apocalípticas
consecuencias profetizadas (incluyendo la contaminación de los acuíferos) se
haya producido. Sin embargo, el tabú respecto de esta técnica persiste todavía
en la opinión pública a nivel global. Por eso, no será de extrañar, que a pesar
de todos los datos estadísticos y de las abundantes informaciones científicas,
esta serie de NETFLIX pontifique (y se lleve el gato al agua) sobre los
terribles efectos del cambio climático en la furia y frecuencia de los
huracanes. Tiempo al tiempo.
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas
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