Las tierras raras de Ciudad Real, la radioactividad
y el ecologismo falsario
Enrique Ortega Gironés, geólogo de Minas de Almadén entre 1982 y 1996
Desde hace varios meses, ha sido frecuente la aparición en
la prensa de artículos relacionados con las tierras raras. En ellos, se ha
destacado el papel esencial que tienen estos elementos en la industria y en la
economía, así como lo importante que sería (para España y para la Unión
Europea) disponer de un yacimiento que permitiese disminuir la dependencia de
los suministros provenientes de China. En este contexto, el foco está puesto en
el yacimiento de Matamulas (Ciudad Real), descubierto desde hace años, y cuya
explotación no ha podido ser iniciada, ni tampoco continuar la exploración en
áreas aledañas, por la oposición de parte de la población local, alentada por
grupos ecologistas.
Recientemente, la plataforma Sí a la Tierra Viva ha
pedido públicamente al presidente de Castilla-La Mancha (la administración
responsable de otorgar los permisos de exploración y explotación, puesto que
las competencias están transferidas a las autonomías) que no autorice esta
clase de minería. El argumento principal
de la oposición a este proyecto minero se centra en la toxicidad de la
monacita por su nivel de radioactividad, pero ¿existe allí realmente ese riesgo?
Los detractores del proyecto han aducido como argumento las
nefastas consecuencias medioambientales en algunas explotaciones de monacita en
otros lugares del mundo, donde el mineral posee un elevado nivel radioactivo.
Pero, ¿realmente existe ese peligro en la explotación que se plantea en
Castilla La Mancha? Entre los ejemplos esgrimidos y el proyecto de Matamulas,
existe una diferencia sustancial (además del tipo de procesamiento y de las
prescripciones de protección medio ambiental exigidas) que de forma absoluta y
radical impide extrapolar esos riesgos al yacimiento de Ciudad Real: el tipo de
mineral.
En las informaciones difundidas a la opinión pública se
habla siempre de monacita, en general, como si se tratase de un mineral
uniforme, con propiedades y características homogéneas en todos los lugares,
cuando la realidad es muy diferente. La monacita, fosfato de tierras raras,
comprende un grupo de minerales con composiciones muy diversas y aunque las
variaciones en las proporciones de los elementos contenidos son enormes (como
les ocurre a las personas, no hay dos iguales), se pueden agrupar en dos
grandes familias. En primer lugar, las monacitas amarillas, las más frecuentes,
generalmente provenientes de rocas graníticas, que contienen mayoritariamente
tierras raras “ligeras”, como el lantano
y el cerio, junto con proporciones elevadas del elemento radioactivo torio (8 %
en promedio) y, en menor medida, de uranio.
Y, en segundo lugar, las monacitas grises, mucho menos
frecuentes y desconocidas (su descubrimiento fue relativamente reciente). Este tipo de monacita aparece asociado a
materiales sedimentarios, son ricas en tierras raras más “pesadas” como el
neodimio, samario o el europio con valor económico mucho más elevado y poseen
contenidos mucho menores de torio y uranio (menos del 1 % entre ambos
elementos).
Esta diferencia de composición hace que las monacitas
grises, al contener cantidades ínfimas de uranio y de torio, tengan un impacto
radiológico en su entorno totalmente inapreciable. En este contexto, es
interesante mencionar que los primeros hallazgos de monacitas grises en
Castilla -La Mancha fueron realizados en Montes de Toledo por el departamento
de Geología de Minas de Almadén y Arrayanes en los años 80 del pasado siglo,
aunque en aquellos momentos las tierras raras aún no estaban de moda y no se
prestó gran atención al hallazgo, que pasó desapercibido para la opinión
pública. En cualquier caso, se trataba de minerales muy similares a los de
Matamulas, tanto en morfología, como en composición y contexto geológico.
Cuando las monacitas grises fueron descubiertas, la primera comprobación que se
realizó sobre el terreno, mediante el conocido contador Geiger, fue medir el
nivel de radioactividad en la zona. Y los valores que se detectaron fueron bajísimos,
despreciables al estar situados dentro del rango de los denominados valores de
fondo.
Debe recordarse, porque suele existir algo de confusión al
respecto, que la radioactividad no es una invención humana y forma parte de la
naturaleza. En cualquier lugar y en cualquier objeto, desde la sal que
guardamos en la cocina hasta en el suelo de las macetas en nuestros balcones
pasando por nuestro propio organismo, se detecta la presencia de un cierto
valor de radiación, natural y espontanea, que varía ligeramente de unos lugares
a otros, pero que es totalmente inocua y que se conoce como valor de fondo.
Pues bien, en las áreas donde se descubrió la presencia de monacita en Montes
de Toledo, al igual que ocurre en el entorno del yacimiento de Matamulas (tal y
como ha sido verificado por el Consejo de Seguridad Nuclear) , los
valores de radiación que se detectan están dentro del rango de estos valores de
fondo.
Así pues, cuando la plataforma Sí a la Tierra Viva se
opone al proyecto de explotación en Matamulas aduciendo la existencia de riesgo
por la toxicidad radiológica, está haciendo trampas. En efecto, los ejemplos de
contaminación en otros lugares que se aportan como referencia comparativa, son
explotaciones de monacita amarilla o de otros minerales como la bastnasita
(carbonato de tierras raras). Ambos minerales son muy radiactivos por su
contenido en uranio y torio, con unos niveles que no son comparables a los
mínimos valores que se detectan en Matamulas. Es decir, que se está
introduciendo un temor que no se ajusta a la realidad, porque no se puede
hablar de un modo general sobre las consecuencias de la minería de las tierras
raras o de la monacita, sin considerar y calibrar las características específicas
de cada tipo de mineral.
Pero no es este el único engaño que la plataforma Sí a la
Tierra Viva introduce en sus comunicados, porque el eslogan elegido (no
a la mina, sí a la vida) encierra otra gran mentira, como si la continuidad
de la vida y la explotación minera fuesen excluyentes, algo que es radicalmente
falso. Este tipo de mensajes son muy del gusto de algunos grupos ecologistas,
que tienden a plantear disociaciones excluyentes, muy efectistas, aunque
carezcan de fundamentos. En Salave (Asturias), se ha planteado una situación
similar a la de Matamulas ante la explotación subterránea de un yacimiento de
oro, y en este caso el lema elegido ha sido oro no, vacas sí, borrando
de un plumazo la compatibilidad mantenida durante dos siglos entre la minería
subterránea del carbón y la ganadería lechera más emblemática de España. Pero,
además, no son sólo las vacas quienes pueden continuar con su actividad normal
por encima de una mina subterránea. Si no, que se lo pregunten por ejemplo a
los ciudadanos de la villa industrial y turística de Gijón, que llevan más de
cien años disfrutando de una playa situada encima de las galerías de una mina de carbón.
O a los de Johannesburgo, con un área metropolitana de nueve millones de
habitantes, en cuyo subsuelo se explota el oro a más de mil metros de
profundidad.
Es cierto que la explotación de Matamulas no sería
subterránea y precisaría que, de manera temporal y transitoria, el suelo fuese
removido de su emplazamiento, excavando
hasta unos pocos metros de profundidad. Pero la tecnología y la maquinaria hoy disponible
(además de que así lo prescribe la actual legislación minera vigente), permiten
rehabilitar totalmente el lugar de la explotación cuando ésta haya finalizado. Existen
muchos ejemplos en el mundo donde se puede pasear por encima de una antigua
explotación y donde, gracias a la moderna tecnología, los vestigios de la
actividad minera son totalmente inapreciables porque el paisaje ha sido
completamente restaurado. Y los ciudadanos de Castilla – La Mancha no pueden
dudar de esa realidad, porque desde hace décadas tienen en su territorio un
ejemplo modélico y pionero de esa tecnología. Para quien no lo conozca, basta con
desplazarse a Puertollano (no muy lejos de Matamulas), y comprobar como la
antigua mina de carbón de ENCASUR, una enorme cantera, muchísimo más grande y
profunda que el somero hueco que sería necesario excavar para extraer las
monacitas, está hoy rellena y cubierta por una excelente plantación de olivos (ver foto adjunta).
Es decir, que si el mineral no presenta la toxicidad radiactiva que afirman los ecologistas y la explotación no tiene por qué suponer el punto final de la vida habitual en la comarca, ¿cuáles son las razones reales que impiden la puesta en explotación del yacimiento de Matamulas? A la luz de lo expuesto y sin dudar de la buena voluntad de las personas que se oponen a la explotación, buscando lo mejor para su futuro, cabe preguntarse si están adoptando las decisiones correctas. ¿No sería más adecuado y conveniente que los grupos ecologistas aportasen ideas, contribuyendo a un óptimo desarrollo medioambiental del proyecto, en lugar de hacer una oposición frontal basada en argumentos falsos? ¿No estará perdiendo Matamulas una magnífica oportunidad de desarrollo ante el beneplácito de China, la principal beneficiada de esa postura?
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas


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