Pesimismo Climático
Enrique Ortega Gironés y José Antonio Sáenz de Santa
María Benedet
En
este 2024 que estamos iniciando, es muy difícil ser optimista sobre el futuro de
la problemática relacionada con el Calentamiento Global y el Cambio Climático. La
campaña de desinformación a la que nos vemos sometidos sobre estos temas es permanente,
continua e ininterrumpida, dura todo el año, aunque suele tener dos momentos especialmente
intensos. El primero de ellos coincide con la llegada de los calores estivales,
para hacernos creer que el Planeta se está achicharrando y que nunca ha habido temperaturas
como las que estamos soportando por culpa de las actividades antrópicas.
El
segundo momento culminante coincide con las fechas próximas a la celebración de
la Cumbre del Clima, cuando de forma sorprendentemente sincrónica (o quizás no
tanto), aparecen en la prensa multitud de noticias alarmistas relacionadas con
el aumento de las temperaturas planetarias. Curiosamente, los
fenómenos meteorológicos opuestos tienen un tratamiento muy diferente. Así, por
ejemplo, en el hemisferio norte, se están alcanzando temperaturas que no se
registraban desde hace un siglo. El pasado 29 de noviembre, en el
aeropuerto de Copenhague se midió una temperatura -7,7ºC, la más baja
registrada en un mes de noviembre durante los últimos 104 años. Pocos días
después, el 2 de diciembre, en la ciudad de Múnich se acumularon 50 cm de
nieve, lo que obligó a cancelar los servicios ferroviarios y a cerrar el
aeropuerto, impidiendo que algunos dirigentes europeos llegasen a tiempo a la
ceremonia inaugural de la Cumbre del Clima. Y durante el tránsito entre 2023 y
2024 se está registrando un frío ártico en el norte de Europa que no se veía
desde hace mucho tiempo.
Sospechosamente, cuando se nos informa sobre esta ola de frío, nunca se menciona al Cambio Climático, y durante el desarrollo de la Cumbre , estos frígidos récords han pasado prácticamente desapercibidos, predominando las informaciones intimidatorias, apocalípticas, sobre los inminentes y graves peligros térmicos que acechan al Planeta por su calentamiento. Desde todos los medios de comunicación se nos ha advertido que se avecina un cambio catastrófico a medida que la Tierra se acerca a los puntos de inflexión climáticos, donde algunos sistemas terrestres podrían cruzar umbrales irreversibles. Hasta la prestigiosa revista Nature, en su número del pasado noviembre, estaba prácticamente monopolizada por artículos relacionados con el Cambio Climático. De entre las muchas consecuencias derivadas del Calentamiento Global, la estrella invitada de esta temporada ha sido la elevación del nivel del mar, asociada a la fusión de los hielos glaciares. Han sido numerosos los artículos publicados sobre este tema en los principales periódicos y hasta personalidades del mundo literario, como el galardonado escritor y académico Antonio Muñoz Molina, han aportado su granito de arena, aunque dada su formación en Historia del Arte y Periodismo, haya sido con poca fortuna y escaso fundamento científico.
La Cumbre de este año se
ha desarrollado con las diferencias habituales entre los participantes,
solicitando de forma utópica a los países emergentes y superpoblados que
ralenticen su desarrollo económico y social, abandonando los combustibles
fósiles y al mismo tiempo, solicitando a los países industrializados, como
contaminadores supuestamente causantes del Calentamiento Global, elevadas indemnizaciones
para compensar los devastadores efectos del Cambio Climático en los países
menos desarrollados. Mientras estos últimos (dice el refrán que quien no
llora, no mama) aprovechan la ocasión para aumentar el volumen de
subvenciones a fondo perdido y aliviar sus respectivas tesorerías, siempre con problemas de
liquidez.
Las escuálidas conclusiones
finales, los acuerdos alcanzados, como siempre, no han dejado satisfecho a
nadie. A pesar de los intentos realizados, no ha sido posible mencionar
explícitamente en el acuerdo final la eliminación gradual de los combustibles fósiles, y la
obligación ha quedado en un ruego a todas las naciones para que
abandonen su utilización. Y eso es algo que, como ha sido ya explicado en
artículos anteriores, la Humanidad (y especialmente los países menos
desarrollados) no puede permitirse. Es decir, una especie de utópico brindis al
Sol, mientras la tozuda realidad muestra como el consumo del carbón, del gas y
del petróleo aumenta sin cesar.
De hecho, durante las
últimas semanas han aparecido algunas noticias muy ilustrativas sobre lo
utópico que resulta el abandono de los combustibles fósiles. Así, en el pasado año
2023 se ha batido el récord de producción global de carbón con la inimaginable
cifra de 8.500 millones de toneladas. Por otro lado, la producción diaria de
petróleo ha alcanzado, a principios de diciembre de 2023, la cifra astronómica
de 103,3 millones de barriles por día. Nunca, desde que hay registros
estadísticos, se habían alcanzado semejantes cantidades para ambos productos. Y
a esto hay que añadir el creciente rechazo, por parte de productores (algunos
fabricantes han decidido abandonar su fabricación) y usuarios, de los vehículos
eléctricos, dado su elevado precio y escasas prestaciones. El ejemplo más
flagrante es el de trasporte urbano de Oslo, en Noruega, donde la flota de
autobuses fue totalmente equipada con vehículos eléctricos. Ahora, con la
llegada del invierno, su limitada autonomía les impide completar las rutas
habituales.
Teniendo en cuenta cómo se ha desarrollado la Cumbre Climática del 2023 (COP28), cómo se ha analizado en sus sesiones la situación climática del Planeta y cuáles han sido las conclusiones alcanzadas, no queda más remedio que ser muy pesimista. Pero que no se engañe el lector, el pesimismo y el temor no se centran en el futuro de nuestro querido Planeta, sino en las perspectivas que acechan a la Humanidad, y no precisamente por el Cambio Climático. Porque durante la COP28 se han mantenido intactos los especulativos cálculos que establecen como devastadoras las consecuencias que llegarían al superarse el umbral de calentamiento de 1.5 °C, establecido por el Acuerdo de París. Es decir, que se sigue ignorando la información existente sobre la evolución de la temperatura registrada a lo largo de los últimos tres últimos milenios, según la cual y de acuerdo con los datos publicados por Koelle en 2015 (ver gráfico adjunto), en los próximos años o décadas, deberá iniciarse un descenso de temperatura hacia un nuevo periodo frío.
Durante los últimos siete años, como se
puede observar en la gráfica siguiente (datos publicados por la NOAA), el
aumento de la temperatura media del Planeta muestra una esperanzadora
estabilización (a pesar del constante aumento en el uso de combustibles
fósiles), que podría indicar que nos aproximamos a un cambio de ciclo, hacia un
enfriamiento. Pero teniendo en cuenta la oscilante evolución de la temperatura
registrada durante los últimos milenios (ver figura anterior), el periodo durante
el cual la temperatura se ha estabilizado es aún demasiado breve para que pueda
confirmarse esta tendencia.
Como se puede observar también
en esa misma gráfica, estos períodos de estabilidad en las temperaras son
recurrentes a lo largo del tiempo, y entre 2010 y 2014 ya se registró otro
período similar al actual, a pesar de que las emisiones de CO2 a la
atmósfera han aumentado continuamente de forma lineal durante todos esos años.
Del mismo modo, también se ha hecho caso
omiso, como si no existiesen, de las manifestaciones públicas realizadas por miles
de científicos (entre ellos Ivar Giaever, Robert Laughlin y John
Clauser, todos ellos premiados con el Nobel), ni tampoco delos rigurosos
análisis recientemente publicados, como por ejemplo el de Statistics
Norway, que niegan explícitamente la correlación entre el Calentamiento
Global y las emisiones antrópicas por uso de combustibles fósiles.
Tampoco debe olvidarse que existen
sólidas evidencias de que, a lo largo de centenares de miles de años, es la
elevación de la temperatura quien precede al aumento de CO2 en la
atmósfera. Es decir, que es el calentamiento quien causa el aumento de dióxido
de carbono y no al revés, como han demostrado los estudios de los testigos de
hielo en Groenlandia y Antártida. Y este hecho puede ser una de las razones
esenciales del sistemático fracaso de todas las predicciones climáticas
realizadas hasta la fecha, elaboradas con modelos basados en conceptos erróneos
o incompletos, que han podido reproducir (a toro pasado) lo que ya ha ocurrido,
pero que han sido absolutamente incapaces de pronosticar correctamente el
futuro.
Debe reconocerse, ha sido todo
un alivio, que al menos este año nos hemos librado de montajes publicitarios
histriónicos como los que protagonizó Greta Thumberg en 2019, al pronunciar su
bochornoso discurso en la sede de Naciones Unidas, y poco después, cruzar el
Atlántico en un barco de vela para asistir a la Cumbre del Clima de Madrid,
mientras la numerosa tripulación de la embarcación regresaba a casa en avión.
Tampoco debe olvidarse que Greta
Thumberg, a pesar de su corta edad y sus escasos conocimientos (faltaba a clase
en su Instituto todos los viernes), es una de las profetisas climáticas más
mediáticas, aunque su fama no le ha servido para evitar equivocarse estrepitosamente
en sus predicciones. Hace ahora cinco años, en 2018, afirmó que la
humanidad se extinguiría si el Cambio Climático no se estabilizaba en 2023 y se
dejaban de utilizar combustibles fósiles. Una vez cumplido el plazo de la
profecía para la llegada del Apocalipsis y viendo las nevadas que acaban de
caer en gran parte de Europa, parece que podemos respirar tranquilos, al menos
hasta que nos quiera aturdir con la próxima profecía catastrófica o la
siguiente estupidez climática.
Considerando las
enormes dudas que, entre la comunidad científica, suscitan las tesis oficiales sobre
el Cambio Climático defendidas por Naciones Unidas, así como muchos gobiernos y
estamentos oficiales, llama la atención el
empecinamiento y el inmovilismo con el que, año tras año, las sucesivas cumbres
climáticas abordan sus debates y sus objetivos. Es inevitable preguntarse
porqué se ignoran las evidencias geológicas que contradicen los planteamientos
climáticos oficiales. Porque incluso suponiendo (aunque sea mucho suponer, como
se ha mencionado anteriormente), que realmente sean las emisiones antrópicas de
CO2 las responsables del calentamiento, hay algunas preguntas
inexcusables que son muy difíciles de responder.
El
núcleo de los acuerdos alcanzados en las cumbres climáticas gira siempre alrededor
de un objetivo primordial: limitar
el Calentamiento Global a 1,5ºC por encima de la temperatura media del Planeta
antes del inicio de la época industrial. Pero, ¿quién, cómo y sobre la base de
qué criterios científicos ha establecido ese umbral como valor límite, como
punto de no retorno? Existen datos fehacientes indicando que a lo largo de la
historia de la Tierra se han registrado valores muy superiores a los presentes
(hasta 9º – 10ºC por encima de las temperaturas medias actuales), sin
intervención humana y sin que se haya registrado ninguna catástrofe climática,
aunque, por supuesto, esos cambios hayan influido en la evolución de la vida.
¿Por qué debe asustarnos un aumento de grado y medio, insignificante en
comparación con otros ascensos térmicos registrados en tiempos pasados?
Esto no implica en ningún caso que se puedan quemar combustibles fósiles
sin límite, ni que no sea necesario reducir las emisiones de CO2,especialmente
en las grandes urbes y áreas industriales, para que se pueda respirar mejor. Evidentemente,
hay que dejar de contaminar y limpiar todo lo que está sucio, pero esa necesaria
limpieza de la atmósfera (también de los suelos y de las aguas), no tiene nada
que ver con el Cambio Climático. Por lo tanto, las modificaciones a inducir en
los hábitos humanos, deberían razonarse y estimularse sobre la lógica de los
conocimientos existentes, sin las
premuras y urgencias impuestas por profecías climáticas exageradas y falsas.
Se nos informa con frecuencia y con mucha inquietud, como signo del
deterioro climático, sobre la progresiva desaparición de los hielos glaciares,
especialmente en los casquetes polares, porque el aumento de temperatura
conlleva inevitablemente la fusión de los hielos. Pero, al calificar como
dramática y trágica esa desaparición, ¿se está teniendo en cuenta la historia
planetaria? Porque en la actualidad, a pesar del calentamiento con que nos
están atemorizando, estamos atravesando un periodo relativamente
frío, como demuestra la presencia de dos polos helados, uno al Norte y otro al
Sur del globo terráqueo. Esta situación, desde el punto de vista estadístico,
representa un hecho excepcional, ya que, a lo largo de la mayor parte de la
Historia de la Tierra, los polos han estado libres de hielo. El ciclo glacial anterior
al actual tuvo lugar hace unos 25 millones de años, y fue unipolar, es decir
que sólo uno de los polos estuvo cubierto de hielo, en el hemisferio Sur. Para
encontrar una situación comparable a la actual, con dos polos cubiertos por
hielo, debemos remontarnos al final del Paleozoico, hace más de 260 millones de
años, cuando por cierto, había una concentración de CO2 en la
atmósfera similar a la actual (400 ppm) y a pesar de ello, el mundo estaba
mucho más helado que ahora.
Lo que, desde nuestro
punto de vista, desde la perspectiva humana, nos parece lo normal, es decir que
existan dos polos cubiertos de hielo, es en realidad una situación excepcional,
ya que las épocas glaciares similares al periodo actual han abarcado aproximadamente
sólo el 10% de una historia, la de la atmósfera de nuestro Planeta, que abarca unos
3.800 millones de años. Por eso, si la temperatura asciende y los casquetes
helados se funden, no puede decirse que el Planeta esté afrontando una crisis, sino
que más bien al contrario y desde el punto de vista estadístico, puede
afirmarse que está volviendo a la normalidad desde un punto de vista climático.
Es inevitable que las variaciones del nivel del mar derivadas de la fusión
del hielo glaciar tengan consecuencias negativas en las poblaciones costeras.
Pero de nuevo, esta situación debe considerare como absolutamente normal desde
la perspectiva de la dinámica natural de nuestro Planeta. Porque el nivel del mar nunca ha sido estable, las subidas y
bajadas se han alternado al mismo ritmo que se formaban o desaparecían los
casquetes polares. Por eso, la humanidad no tiene derecho a reclamar una línea
de costa fija, porque es antinatural. Dentro del actual ciclo glaciar, nos
encontramos en un periodo de ascenso de las aguas que se inició hace unos 20.000
años. En realidad, en contra de lo que se pregona sistemáticamente en las
predicciones y profecías de las cumbres climáticas, la velocidad de ascenso del
nivel de las aguas se ha ralentizado en comparación con el que existía hace
varios milenios. Las incomodidades y
problemas generadas por estas variaciones en la línea de costa has sido
sufridas por la humanidad desde sus inicios, como les ocurrió a nuestros
ancestros cromañones de los territorios de Doggerland (hoy
cubiertos por las aguas del Mar del Norte) o los antiguos habitantes de la
primitiva Mesopotamia, entre los
ríos Éufrates y Tigris, en una zona actualmente situada bajo las aguas
del Golfo Pérsico.
Cabe preguntarse entonces, porqué la ingente producción científica sobre el
cambio climático, ignora de forma sistemática estas evidencias a la hora de
formular sus conclusiones. A este respecto, es muy interesante la información
aportada por Javier Vinós en su reciente libro Resolviendo el Puzzle
Climático, donde ilustra sobre cómo desde 1988, la decisión de la ONU de
respaldar al IPCC ha dado lugar a una de las explosiones más espectaculares en
la investigación científica.
En efecto, como se aprecia en la gráfica adjunta, el número de artículos publicado sobre Cambio Climático (línea roja)ha pasado de un número insignificante hasta casi 4.000 al año, experimentando un marcado punto de inflexión al inicio del segundo milenio, sincrónicamente con la elaboración del Plan de Objetivos de Desarrollo del Milenio elaborado por la ONU, precursor de la Agenda 2030. Desde entonces, el número de publicaciones científicas sobre Cambio Climático no ha parado de crecer y puede asegurarse que la inmensa mayoría de estas publicaciones ignora o no tiene en consideración las evidencias geológicas antes mencionadas. Además, se trata de un crecimiento específico y exclusivo para investigaciones climáticas, que no puede interpretarse como consecuencia del crecimiento general de la investigación para todas las disciplinas científicas. Así lo demuestra la gráfica azul en trazos discontinuos de la figura anterior, que representa la evolución en términos porcentuales respecto al conjunto de publicaciones científicas de todas las especialidades, y que igualmente experimenta una brusca aceleración a partir del tercer milenio, pasando desde un porcentaje insignificante, hasta casi el 3% del total aproximado de unos 148.000 artículos científicos publicados anualmente.
Pero además, como es bien sabido, para que se pueda realizar una
publicación, es imprescindible realizar previamente una investigación, para lo
cual son necesarios los recursos económicos imprescindibles, que en la mayor
parte de los casos provienen de fondos públicos. Es decir que son esencialmente
los promotores de la hipótesis del origen antrópico del cambio global quienes
están subvencionando la mayor parte de las investigaciones sobre esa
problemática. Y como dice un chascarrillo socarrón que circuló recientemente por
las redes sociales, un estudio científico demuestra que el resultado de un
estudio científico depende completamente de la procedencia de su financiamiento.
Esta afirmación, que a primera vista puede parecer injustificada,
tendenciosa o baladí, no puede ser tomada a broma, si tenemos en cuenta las declaraciones
realizadas por prestigiosos científicos. A modo de ejemplo, puede mencionarse
el caso del ya citado Ivar Giaever, premio Nobel en Física y ex - integrante del IPCC, quien ha denunciado
públicamente las presiones existentes para que no se publiquen en las revistas
científicas más importantes aquellos artículos cuyo contenido contradiga la
hipótesis oficial sobre el origen antrópico del Calentamiento Global. Como es
bien conocido, el prestigio científico de un investigador se basa
fundamentalmente en sus publicaciones, que constituyen el núcleo y la base de
su carrera académica, por lo que es imposible renunciar a ellas.
En la misma línea, tampoco deben olvidarse las presiones y filtros introducidos en las redes sociales para que, de forma discreta, callada y silenciosa pero con una enorme incidencia social, millones de personas de todo el mundo estén sometidos a una información filtrada hacia una visión única y monolítica sobre el cambio climático. Véase como ejemplo el caso real experimentado por uno de los autores de este artículo, tal y como ha sido descrito en Geología versus dogma climático - epílogo, publicado en este mismo blog.
No cabe duda de que situaciones como las denunciadas por Ivar Giaever o las descritas en el enlace arriba mencionado, producen una
inevitable reticencia o temor a contradecir públicamente las tesis oficiales. Y
esa aprensión o recelo se puede detectar con frecuencia en las conclusiones de
algunas investigaciones, o en las informaciones que de ellas se publican, tendentes
a sesgar o silenciar algunas conclusiones obvias, evitando pisar charcos y
terrenos pantanosos.
Como ejemplo ilustrativo de esta tendencia, pueden mencionarse las investigaciones recientes en la zona litoral de la provincia de Valencia (Marjal de Pego – Oliva), poniendo de manifiesto que la subida del nivel del mar afectó a las comunidades prehistóricas que habitaban en ese lugar, al inundarse las llanuras costeras por la tendencia ascendente del nivel del mar, situado por encima del nivel actual (línea roja en la figura adjunta) hace 7.300 años.
Los datos publicados,
permiten estimar que durante un intervalo de 2.300 años, el comprendido entre
9.000 y 7.300 años antes del presente, el avance de la línea de costa hacia el
interior se produjo a una velocidad promedio de 2,5 metros al año, ya que el
nivel del mar estaba ascendiendo a un ritmo de 8 mm/año. Es decir,
a una velocidad mucho mayor que la actual y más rápida que las proyecciones más
pesimistas del IPCC para el próximo siglo, si de acuerdo con sus cálculos, la
humanidad no controla sus emisiones a la atmósfera. Es evidente que esa evolución
se registró sin ninguna contribución antrópica, pero a pesar de su indudable
interés, y de que es fácilmente deducible de los gráficos publicados, esos
datos no son mencionados en las conclusiones de la publicación.
Algo similar puede decirse de los múltiples hallazgos de restos
vegetales y útiles humanos, encontrados recientemente al retirarse el hielo de
los glaciares en diversos lugares del mundo, como Tahtlan (al Noroeste de
Canadá, en la Columbia Británica), los Alpes o en Escandinavia, indicando
claramente que hace miles de años la cobertura glaciar era inferior a la presente y
por lo tanto, se estaban registrando temperaturas más cálidas que las actuales.
Sin embargo, esta evidente e inevitable conclusión tampoco aparece nunca especificada ni explícitamente mencionada.
Como se ha mencionado repetidamente en artículos anteriores, la actitud
hacia el cambio climático debiera ser similar a la que tenemos hacia otros procesos
naturales como los terremotos o las erupciones volcánicas, fenómenos sobre los
que podemos predecir el nivel de riesgo, aunque no sabemos exactamente cuándo
se producirán, pero sí que podemos adoptar las medidas preventivas adecuadas
para cuando hagan acto de presencia. Por eso, lo inteligente sería ir adaptando
nuestro hábitat a los cambios que se avecinan (aunque como en el caso de los
terremotos, aún no sabemos el alcance ni la duración que tendrán), planificando
adecuadamente el uso del suelo, especialmente en la proximidad de la línea de
costa. Con la misma mentalidad con la que preparamos nuestra casa o nuestras
ropas cuando vemos que se acerca el verano, sabiendo que no podemos hacer nada
por evitar su llegada. Sin pausa, con visión de futuro, pero también sin las
prisas con que nos azuzan unos modelos climáticos basados en premisas
insuficientes.
Volviendo a lo mencionado al inicio de este artículo y de acuerdo con todo
lo anteriormente mencionado, es muy difícil ser optimista sobre las
perspectivas que acechan a la Humanidad para las próximas décadas. Pero la
sensación de desesperanza no está relacionada con el Calentamiento Global, ya
que del mismo modo que lo ha venido haciendo desde hace miles de millones de
años, la evolución del clima planetario continuará regida por factores cósmicos que,
al menos de momento, no pueden ser controlados por el ser humano. Lo
verdaderamente preocupante no debiera ser el aumento de las temperaturas, sino el
direccionamiento de las opiniones hacia un pensamiento único, diseñado por una
confluencia de intereses ideológicos, políticos y económicos, totalmente contrapuesto
a las evidencias científicas mencionadas.
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas
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