LA NARIZ DE PINOCHO Y LOS PROFETAS DEL CLIMA
Enrique Ortega
Gironés
El refranero popular español es muy rico en chascarrillos y sentencias sobre las mentiras y los mentirosos, con más de un centenar de frases hechas sobre las falsedades y sus consecuencias. Una muestra ilustrativa de ese completo repertorio, podría incluir adagios muy conocidos, como por ejemplo, antes se coge al mentiroso que al cojo, la mentira tiene patas cortas o también, sale pronto la mentira si de la cuerda se tira. Pero la sabiduría popular que acuñó ese conocimiento tradicional, no pudo tener en cuenta el poder de los medios de comunicación, que a base de reiterar falsedades, hacen posible no sólo que las mentiras se perpetúen en el tiempo, sino que incluso lleguen a convertirse finalmente en verdades admitidas.
La
falta de respeto a la verdad se ha convertido en una rutina habitual en algunos
temas, como viene ocurriendo por ejemplo en las predicciones, atemorizadoras y
catastrofistas, realizadas desde finales del siglo XX, en relación con el calentamiento
global y el cambio climático. Poco ha importado que la tozuda realidad se haya
encargado de demostrar la falta de acierto en dichas pronósticos, cuyo fracaso
ha sido sistemáticamente ocultado bajo un protector manto de silencio.
Un mutismo que, además, simplemente ha servido de preámbulo para la siguiente
profecía, igualmente atemorizadora y equivocada, como puede comprobarse gracias
a los ejemplos siguientes, tan sólo una pequeña muestra representativa:
– En 1971, la NASA y la
Universidad de Columbia, predijeron la inminente llegada de una nueva Edad de
Hielo. Este vaticinio, que afortunadamente no llegó a confirmarse, estaba
basado en los descensos de temperatura observados entre los años 50 y 70 del
pasado siglo, a pesar del importante incremento de
emisiones de CO2que se produjo en esa misma época. Es decir, en medidas
registradas durante un periodo excesivamente corto, sin tener en cuenta los
ritmos de evolución climática a largo plazo de nuestro Planeta.
– En1975, la NASA, a partir de las primeras observaciones del satélite NIMBUS, cuando se detectó el agujero de ozono, profetizó que en 2065, dos terceras partes de la capa de ozono habrían desaparecido, produciendo un aumento de la temperatura media mundial en más de un grado centígrado, multiplicándose por seis el nivel de la radiación ultravioleta. Se vaticinó, con toda precisión, que cinco minutos de exposición directa al sol bastarían para producir quemaduras a la piel. Hoy sabemos, gracias a los datos proporcionados por el satélite Copernicus (ver figura adjunta), que el agujero de ozono se está cerrando y abriendo, siguiendo los ciclos naturales que rigen su comportamiento. Como en el caso anterior, el error en las predicciones fue debido a la extrapolación hacia el futuro de los datos correspondientes a un periodo de tiempo excesivamente corto.
– En 1982, el director
del Programa Medioambiental de la ONU, vaticinó que para el año 2000, si no se
tomaban las medidas oportunas, el mundo debería hacer frente a una catástrofe
climática que implicaría una devastación completa e irreversible, similar a la
de un holocausto nuclear. Afortunadamente, esas oportunas medidas no fueron
tomadas, no eran necesarias y todo indica que, al parecer, nuestro Planeta no
ha sufrido ninguna hecatombe.
– En 1989, Noel Brown, oficial medioambiental senior
de la ONU, anunció que, si no se conseguía detener el aumento del nivel del mar,
a principios del tercer milenio, habría naciones enteras que serían borradas
del mapa. Afortunadamente, ya ha transcurrido casi la cuarta parte del siglo
XXI, el nivel del mar ha continuado elevándose al ritmo secular de dos
milímetros al año, y todas las naciones siguen en su sitio, por encima del nivel
del mar.
– En el año 2000, en el
Reino Unido, Charls Onians afirmó
en el periódico The Independent, que el calentamiento global había
terminado con la nieve para siempre, y que las nevadas ya eran cosas del
pasado. Afortunadamente, aunque sea con la irregularidad con que nos tiene
acostumbrados, la nieve ha seguido acudiendo puntualmente todos
los inviernos. O incluso durante los veranos,
porque sin ir más lejos, en el pasado mes de agosto 2023, durante las temidas “olas
de calor” con las que nos atemorizaban en cada telediario, estuvo nevando en
los Alpes.
– En 2004, un informe del Pentágono
vaticinó que el cambio climático sería la causa desencadenante de una guerra
nuclear y que hacia 2020, algunas grandes ciudades europeas se hundirían en el
océano (por esas cosas raras que tienen las declaraciones políticas,
inexplicablemente, las ciudades costeras atlánticas americanas quedaban
indemnes). Pero hemos superado también dicho límite temporal sin que ese
conflicto se haya desencadenado y todas las ciudades europeas (también las americanas,
las asiáticas, las africanas y las australianas) cercanas a la costa, siguen en su sitio.
– En 2006, Al Gore profetizó que, si no se tomaban
medidas drásticas para reducir las emisiones atmosféricas relacionadas con el
efecto invernadero, el cambio climático causaría millones de muertos y en diez años el
mundo llegaría a un punto de no retorno. De nuevo, ha sido superada la fecha
en que estaba prevista la catástrofe, sin que ésta haya hecho acto de
presencia, y aquella declaración dictatorial formulada por Al Gore (science is settled, es
decir, la ciencia está consolidada), está muy lejos de la verdad.
– En 2007, Rajendra Pachauri, Director del IPCC (el grupo internacional de expertos sobre cambio climático promovido y patrocinado por la ONU), afirmó que había llegado el momento definitivo en la lucha contra el cambio climático, y que si no se desarrollaban las acciones requeridas antes de 2012, ya sería demasiado tarde. De nuevo, la fatídica fecha límite ha sido superada sin que se haya detectado ni el más mínimo cambio significativo en el comportamiento de la naturaleza.
– Ese mismo año de 2007, la NASA vaticinó que en la siguiente década, poniendo como límite el año 2015, el Océano Ártico se quedaría sin hielo. Cuatro años más tarde, en 2011,Carlos Duarte Quesada, oceanógrafo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España(CSIC), fue un poco más conservador y pronosticó que el fin del hielo ártico tendría lugar durante el verano de 2018, afirmando que para el año 2018, la masa de hielo permanente del Ártico se habrá perdido completamente durante los veranos polares. Así lo muestran las últimas estimaciones de 2009 y 2010 de los modelos sobre el cambio climático. Hasta 2006 los modelos indicaban que a finales del siglo XXI, hacia el año 2100, seguiría habiendo en verano alrededor de dos o cuatro millones de kilómetros cuadrados de hielo en el Ártico. Sin embargo, a partir de 2006 se han constatado mínimos históricos sucesivos de exención de hielo, es decir, la pérdida de hielo se ha acelerado notablemente. En este sentido, los cálculos más recientes auguran un Ártico sin hielo para 2018. Sin embargo, la realidad es muy tozuda y ese mismo año de 2018, el hielo seguía campando a sus anchas en el Ártico, pero una nueva profecía, esta vez de los científicos de Harvard, estableció que se habría fundido completamente en 2022. El pasado verano tampoco ocurrió lo que decían que tenía que ocurrir, pero sin resquicio para el desaliento (el entusiasmo de los profetas climáticos catastróficos es inagotable), una nueva predicción del grupo de científicos dirigido por Yeon-Hee, acaba de pronosticar que el Ártico se quedará sin hielo, de nuevo, una vez más, en 2030.
Habrá que esperar
todavía siete años para comprobar si, por fin, se cumplen las previsiones sobre
el final de los hielos. Pero no podemos esperar tranquilos, porque en este
mismo año de 2023, nos encontramos en un momento especialmente crítico y
delicado. Hace ahora cinco años, en 2018, Greta Thumberg, con la autoridad que le otorgaba su dilatada experiencia y sus
sólidos conocimientos científicos (gracias a las enseñanzas recibidas en el
colegio al que dejó de asistir los viernes), afirmó que la humanidad se
extinguirá si el cambio climático no se estabiliza en 2023 y se dejan de
utilizar combustibles fósiles. Aún faltan algunos meses para llegar a final de
año, pero no parece que exista mucha incertidumbre al respecto, y todo indica que
podemos respirar tranquilos, porque afortunadamente tampoco hay visos de esta
profecía vaya a tener éxito.
La realidad nos indica que se han rebasado todas las fechas límite pronosticadas, sin que se hayan presentado ninguno de los terribles y catastróficos efectos vaticinados. Ni ha llegado una nueva Edad de Hielo, ni la radiación ultravioleta nos ha achicharrado por falta de ozono en la atmósfera, ni hemos sufrido una hecatombe climática, ni el mar ha borrado del mapa ningún país (ni tan siquiera una pequeña comarca), la nieve sigue haciendo acto de presencia (como pudieron comprobar los ciudadanos europeos cuando la borrasca Filomena hizo acto de presencia durante el invierno de 2020-2021, así como los miles de aficionados que cada temporada acuden puntualmente a las pistas de esquí) y sigue existiendo hielo en los polos.
- Ninguno de los autores de los vaticinios fallidos, una vez comprobada la falsedad de sus profecías, ha pedido disculpas, se ha excusado por sus errores o ha dimitido de su cargo. O, al menos, dichas disculpas no han aparecido en los medios de comunicación.
- En todos los casos, las equivocaciones cometidas se han debido a la extrapolación hacia el futuro de datos correspondientes a periodos temporales excesivamente cortos, ignorando los ciclos terrestres de larga duración, registrados en la historia geológica del Planeta.
- Todas las predicciones, tienen una base conceptual común, considerando que son las actividades antrópicas las responsables del calentamiento global, o del adelgazamiento cíclico de la protectora capa de ozono.
- Las profecías tienen intencionalidad intimidatoria, exigiendo cambios urgentes para frenar o incluso revertir el cambio climático, como lo demuestra el lenguaje que se utiliza para difundir las informaciones sobre el calentamiento global. El mejor ejemplo de estos mensajes tremendistas lo protagoniza Antonio Guterres, Secretario General de la ONU y responsable máximo del Panel Internacional Sobre el Cambio Climático (IPCC), quien en sus últimas declaraciones, después de haber afirmado hace unos meses que nos aproximábamos a un punto de ebullición climática, acaba de manifestar que la humanidad ha abierto las puertas del infierno.
Porque este mismo año, en 2023, el mismo IPCC
ya mencionado, acaba de hacer nuevos vaticinios, aún más catastrofistas y alarmantes.
Así, la gráfica anterior muestra las diferencias entre la supuesta evolución
térmica natural del planeta (incluyendo los efectos asociados a la radiación
solar y las erupciones volcánicas), en comparación con la evolución
supuestamente inducida por la actividad humana desde la época industrial. Sin
embargo, han sido numerosas las denuncias sobre la manipulación estadística de
estas gráficas y su falta de representatividad, como ha sido ya anteriormente
denunciado en artículos anteriores (ver El calentamiento global y la servicial estadistica).
Entonces, atendiendo a los sucesivos y repetidos fracasos de estas estimaciones,
¿por
qué debemos prestar más credibilidad a este último informe que a los
anteriores? Atendiendo
a la flagrante diferencia entre la realidad y las predicciones, lo lógico sería
que el propio IPCC realizara una seria y profunda
reflexión sobre los criterios que están siendo utilizados para explicar el
cambio climático y revisar sus planteamientos. Y también, evaluar si están
justificados los esfuerzos que se están demandando a la sociedad para frenarlo
y revertirlo.
Sin embargo, la postura de los
miembros del IPCC y de los responsables públicos de las decisiones políticas relacionadas
con el calentamiento global, tanto a nivel global como nacional, están muy
lejos de plantearse dicha reflexión, ya que los planes para la implementación de
la llamada transición ecológica y la Agenda 2030, continúan su puesta
en práctica sin el menor atisbo de cambio o de autocrítica. O al contrario,
quizás cada vez con más prisas. No deja de resultar sorprendente, que esgrimiendo como
argumento principal un supuesto consenso científico que está muy lejos de ser
cierto, se hagan oídos totalmente sordos a las numerosas y autorizadas voces
que han manifestado su disconformidad.
En realidad, numerosas personalidades del
mundo científico y del medio ambiente, han denunciado públicamente la falsedad y
la manipulación de las informaciones sobre el cambio climático, entre las
cuales puede destacarse a Federick Seitz (presidente de la Academia Americana
de Ciencias), Iva Giaever, Robert Laughlin y John Clauser (todos ellos premios Nobel de Física), Antonio Zichichi (Presidente de la Sociedad Europea de Física y de la Federación
Mundial de Científicos), Steve Koonin (subsecretario de Ciencia durante la administración Obama y miembro de
la Academia de Ciencias de EEUU) y a Patrick Moore (uno
de los fundadores de Greenpeace).
También, desde el punto de
vista corporativo, miles de científicos se han posicionado en la misma línea
firmando documentos como el Manifiesto de Heidelberg (1992), la Declaración
de Oregón (1999), laDeclaración de Hohenkammer (2006) y el más reciente de
todos, la Declaración Climática Mundial, titulada No hay emergencia
climática, promovida este mismo año (2023) por la Fundación de Inteligencia Climática (CLINTEL)y suscrita por
más de 1.600 científicos y profesionales, entre los que se encuentran dos de
los premios Nobel mencionados anteriormente.
Dejando aparte consideraciones políticas o económicas, desde el punto de vista exclusivamente científico, no debe de sorprender la existencia de disensiones entre investigadores. A lo largo de la historia de la humanidad, la Ciencia se ha alimentado y ha progresado gracias a estos debates, algunos de los cuales han sido verdaderamente encarnizados y violentos, como por ejemplo las porfías sobre las ideas heliocéntricas de Copérnico, las discusiones entre neptunistas y plutonistas para explicar el origen de las rocas o los debates sobre la teoría de la evolución. Se puede decir que estas diferencias de opinión forman parte de la normalidad. Lo que es realmente sorprendente en el debate sobre el cambio climático, es precisamente lo contrario. Es decir, que se pretenda hurtar a la opinión pública la existencia de estas diferencias de opinión, ocultándolas detrás de un inexistente consenso.
Además, superponiéndose a esta modificación radical en la dinámica del intercambio de ideas entre científicos, en las últimas décadas parece haberse instalado un importante cambio conceptual, que afecta a la esencia funcional y operativa de la investigación y que, por su importancia y trascendencia, merece un detallado comentario. Desde un punto de vista general, las ciencias se han dividido tradicionalmente entre exactas y empíricas, y aunque esta división es un poco simplista y cada vez menos neta como consecuencia de la evolución técnica (la última tendencia es denominar ciencias formales a las exactas, como si las empíricas fuesen informales), puede considerarse todavía válida a los efectos del presente artículo. De acuerdo con la antigua definición, las ciencias exactas son aquellas que se basan en la observación y experimentación para interpretar la naturaleza, de forma que su comportamiento pueda ser sistematizado de forma precisa mediante el lenguaje matemático, como ocurre por ejemplo con la Física o la Química. Por su parte, las disciplinas consideradas empíricas (la Biología, la Geología, las ciencias de la naturaleza como la Meteorología o la Climatología y las Ciencias Médicas, por ejemplo), también experimentan y observan la naturaleza para interpretarla, pero no pueden sistematizar los procesos estudiados de forma matemática, aunque como mencionaremos más adelante, también existe alguna excepción.
Como es bien conocido, estas diferencias no
excluyen el uso generalizado en las ciencias empíricas de herramientas basadas
en desarrollos de la Física (como espectrometría o radiología), de la Química
(especialmente las técnicas analíticas) o de las Matemáticas, como la
estadística. También, el aumento de las investigaciones realizadas en
laboratorio, han hecho que algunos campos de las ciencias empíricas (como las
ciencias médicas y la Biología, por ejemplo) sean cada vez más inductivas. Pero
esas innovaciones y el uso de esas herramientas, no pueden conferirles el
carácter de exactas, ya que los procesos estudiados, de modo general, no se
pueden sistematizar en lenguaje matemático, exceptuando en algunos casos las
herramientas estadísticas.
Imaginemos que un grupo de físicos,
trabajando individualmente, realiza los cálculos para situar un satélite en
órbita. Si utilizan los mismos datos sobre la masa del satélite, la potencia
del cohete y su velocidad de ascenso, aplicando las ecuaciones que rigen la gravitación
universal y de la cinemática, todos ellos obtendrán idénticos resultados. En
cambio, imaginemos a un grupo de geólogos reconstruyendo la estructura del
subsuelo en una zona, a partir de sus observaciones y de datos sísmicos. O de
modo similar, a varios médicos estableciendo el diagnóstico de un paciente
utilizando los mismos datos analíticos y radiológicos. En estos dos últimos
casos, no es infrecuente que tanto geólogos como médicos lleguen a conclusiones
diferentes.
Esta dispersión en las
conclusiones empíricas se debe a que diferentes observaciones y datos sobre un
mismo fenómeno, pueden sugerir interpretaciones distintas, o incluso contradictorias.
Por explicarlo mediante un ejemplo sencillo, asequible a la experiencia
práctica de todo el mundo y continuando con el símil de la medicina, del mismo
modo que una misma enfermedad puede tener síntomas diferentes, y enfermedades
distintas pueden presentar síntomas muy parecidos, algunos fenómenos naturales
se manifiestan de forma aparentemente muy similar. Y, en esos casos, para
lograr la interpretación correcta, es imprescindible ponderar las
informaciones, asignando a cada dato diferentes niveles de relevancia, de forma
que tengan mayor peso en la interpretación, aquellas observaciones que se
consideran más significativas o determinantes.
Y precisamente, es en el proceso de ponderación de los datos y observaciones cuando cada profesional aplica sus conocimientos, su experiencia y su habilidad para diferenciar los datos esenciales de los accesorios, donde se producen las diferencias en las interpretaciones o los diagnósticos. En otras palabras, es en ese proceso de ponderación donde se introduce un componente subjetivo en la interpretación de los datos. Una subjetividad, inevitable por intrínseca en las ciencias empíricas, que es inexistente, o en todo caso mucho menor, en las denominadas ciencias exactas. Por ello, teniendo en cuenta que los conocimientos empíricos se obtienen fundamentalmente mediante la observación, ya sea en la naturaleza o en el laboratorio, es fundamental diferenciar adecuadamente entre la observación (es decir, constatación objetiva de lo observado)y la interpretación (o sea, la introducción de componentes subjetivos) de los fenómenos estudiados.
Durante nuestro periodo de formación académica, se nos enseñaba que
debíamos describir cuidadosamente las observaciones realizadas, e
interpretarlas posteriormente de forma separada. De esa manera, aunque las
conclusiones que se alcanzasen estuviesen equivocadas por una interpretación errónea,
si las observaciones se habían realizado de manera objetiva y correcta, y estaban
adecuadamente descritas, serían siempre válidas y podrían ser útiles para una
futura reinterpretación. Pero se trata de una distinción que es mucho más fácil
de enunciar que de llevar a la práctica. Así lo describió magistralmente Isidro Parga Pondal (véase la fotografía adjunta), uno de los maestros de la geología
española del siglo XX, que en su trabajo Observación, interpretación y problemas
geológicos de Galicia, publicado en 1960, precisaba: interpretar
es aplicar nuestra razón para tratar de comprender y explicar lo que hemos
observado; pero en realidad, la observación y la interpretación van
indisolublemente unidas y es verdaderamente difícil, yo diría casi imposible,
poder delimitar dónde termina la descripción de una observación geológica y
dónde comienza un ensayo de su interpretación.
Para la reconstrucción de
la historia geológica de un lugar determinado, es imprescindible integrar de
forma armónica y coherente todas las observaciones realizadas, de forma que
encajen en el espacio y en el tiempo como las piezas de un mosaico. Y una vez
concluida, puede considerarse como válida hasta que una nueva observación o un
nuevo hallazgo (un fósil, por ejemplo) la invaliden, si es que el peso
específico, la ponderación de ese nuevo dato, es superior y debe ser
considerado como preponderante respecto de los datos anteriores. Este ha sido el
esquema funcional que ha regido las investigaciones empíricas, desde que la
ciencia, a mediados del siglo XIX, se liberó de las limitaciones impuestas por
la Biblia, e inició su desarrollo sobre la base de la observación de la
naturaleza.
Sin embargo, cuando se
trata de procesos muy complejos, que dependen de muchos parámetros, cuyo
funcionamiento e interacciones no están todavía bien establecidas, los
resultados no han sido satisfactorios. Ese es precisamente el caso de los procesos
globales vinculados al cambio climático, donde los fracasos cosechados han sido
estrepitosos, como lo atestiguan las profecías equivocadas anteriormente
enumeradas. En este contexto, son muy interesantes las investigaciones realizadas por
el Profesor Jhon Christie, físico atmosférico de la Universidad de Alabama, que
ha comparado las temperaturas reales, medidas mediante termómetros y globos
sonda, con las predicciones realizadas por modelos estadísticos
correspondientes al periodo comprendido entre 1975 y 2015. Las conclusiones
obtenidas se han representado en una gráfica, ya utilizada en artículos
anteriores, que pone en evidencia la enorme desviación y la exageración de las
predicciones respecto de la evolución real de las temperaturas. Aunque ya se ha
mencionado anteriormente, es necesario recordar que los modelos elaborados por
el IPCC están basados en datos correspondientes a un intervalo temporal
cortísimo, sin tener en cuenta los ciclos planetarios y cósmicos, con
duraciones de miles, cientos o millones de años, y por lo tanto imposible de
ser modelizados, utilizando datos de unos pocos siglos, por muy precisos que
estos sean.
Sin embargo, a pesar de estos comentarios y en
sentido estricto, los fallos cometidos por estos modelos predictivos no
deben ser objeto de crítica. Desde siempre, los avances de la Ciencia se han
realizado gracias a la corrección y enmienda de errores previos. En cambio, sí debe
ser criticable, y mucho, que no se haga caso de los errores detectados. Y,
además, que no se consideren adecuadamente todas las informaciones disponibles,
como está ocurriendo reiteradamente con las hipótesis sobre el calentamiento
global. Porque en dichos modelos no se está asignando el valor que le corresponde a los datos que la propia
naturaleza nos envía a través de la historia geológica del Planeta acerca de
los cambios climáticos del pasado, y de los procesos que contribuyeron a los
mismos (variaciones de la órbita terrestre, ciclos cósmicos y su incidencia en
la radiación solar, captura de CO2 por las rocas carbonatadas, etc.).
Es decir, que se atiende menos a la observación que a los algoritmos y a los
modelos predictivos establecidos por las herramientas informáticas. En este
contexto, conviene recordar que, inevitablemente, dichos modelos llevan
implícita una significativa carga subjetiva, tanto por la selección de los
datos que se integran como por las relaciones que se establezcan entre ellos, es
decir, su ponderación.
Aunque esta afirmación pueda parecer exagerada, eso es exactamente lo que se está haciendo cuando se afirma que las emisiones antrópicas del CO2 son las responsables exclusivas del cambio climático, ignorando las evidencias sobre los múltiples ciclos de calentamiento y enfriamiento (glaciaciones) que ha experimentado la Tierra. O cuando se nos instruye para cambiar nuestros hábitos de vida con el objetivo de frenar y revertir el calentamiento global, algo que queda totalmente fuera de nuestro alcance. Y también, cuando se nos intimida con la velocidad de aumento de la temperatura y de elevación del nivel del mar, pronosticada por esos “infalibles” algoritmos de predicción climática, sin tener en cuenta que esos cambios forman parte de los ritmos impuestos por los propios ciclos naturales. En otras palabras, volviendo al símil geológico antes mencionado, ¡más fósiles y menos teorías!
Recurriendo a Hamlet, la
gran tragedia de Shakespeare, se puede recordar la célebre frase pronunciada
por el joven príncipe de Dinamarca, diciendo que algo huele a podrido en
todas esas profecías. Así lo han denunciado públicamente las personalidades y
los firmantes de los manifiestos anteriormente citados. Y volviendo al principio
del artículo, podemos encontrar también en nuestro refranero una expresión, tan
breve como incisiva, para sintetizar la opinión de los miles de científicos que
en todo el mundo, disienten de las tesis oficiales sobre el cambio climático: de la mentira viven muchos, de la verdad, casi ninguno.
Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas
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