LA GEOLOGÍA VERSUS EL DOGMA CLIMÁTICO (2ª PARTE): REALIDADES, MITOS Y LEYENDAS SOBRE EL EFECTO INVERNADERO




LA GEOLOGÍA VERSUS EL DOGMA CLIMÁTICO (2ª PARTE): REALIDADES, MITOS Y LEYENDAS SOBRE EL EFECTO INVERNADERO 

    Enrique Ortega Gironés, geólogo 


 RESUMEN

Existe una base científica suficientemente sólida para poner en duda que las emisiones antrópicas de gases con efecto invernadero sean las desencadenantes del calentamiento global, y como efecto del mismo, del ascenso que está experimentando el nivel del mar. Uno y otro son consecuencias de ciclos cósmicos y de fenómenos geológicos naturales, que vienen funcionando desde hace millones de años y cuya tendencia es imposible detener y revertir. A pesar de esas evidencias, las informaciones que se transmiten a la opinión pública, afirman rotundamente todo lo contrario, apoyándose en estadísticas parciales, gráficos sesgados e imágenes que no son completamente representativas de la realidad.

 ABSTRACT

There is a sufficiently solid scientific basis to doubt that anthropogenic emissions of greenhouse gases are responsible for global warming and, as an effect of this, for the rise in sea levels. Both are consequences of cosmic cycles, which have been running for millions of years and whose trend is impossible to stop and reverse. In spite of this evidence, the information transmitted to the public opinion, based on partial statistics and images that are not representative of the reality, strongly affirms the opposite.

 INTRODUCCIÓN

En la primera parte de esta publicación, se han descrito las informaciones climáticas que han quedado registradas en las rocas, en los sedimentos, en los fósiles y en el hielo, que permiten afirmar que a lo largo de miles de millones de años de historia de nuestro planeta, se han registrado múltiples cambios climáticos, similares o incluso más extremos que el calentamiento actual. También, se han detallado los procesos (actividad volcánica, evolución de las manchas solares, radiación cósmica y cambios cíclicos en la órbita terrestre) que controlan la iluminación recibida del sol y su incidencia en la temperatura terrestre, concluyendo que dichos procesos, espontáneos y naturales, están fuera del control antrópico. Debe deducirse por lo tanto que el calentamiento global no es un cambio climático desencadenado por las actividades humanas, ni tampoco el Hombre tiene la capacidad para revertirlo. Sin embargo, a pesar de estas evidencias, en los medios de comunicación se proclama exactamente lo contrario, afirmando sin fundamento que existe un consenso unánime entre los científicos sobre el origen antrópico de los cambios climáticos actuales.

La primera parte del presente artículo se dedicará al análisis del proceso al que se le atribuye la mayor responsabilidad del calentamiento, el efecto invernadero y sus “temibles” efectos sobre el ascenso del nivel del mar. Después, se describirán los mecanismos mediante los cuales se transmite a la opinión pública una visión muy distorsionada de la realidad.

Antes de continuar, es necesario aclarar (no hay duda al respecto y está fuera de discusión) que es absolutamente necesario controlar, no sólo las emisiones atmosféricas, sino también los vertidos tóxicos,  el abuso en la utilización de fertilizantes, el uso y vertido incontrolado de plásticos y un largo etcétera, una extensa lista de productos que, incorrectamente utilizados, están ensuciando la naturaleza. Pero la necesidad de poner freno a la contaminación que nos rodea, no debe impedir la búsqueda de las verdaderas causas del calentamiento global, comprobando si su principal responsable es realmente el dióxido de carbono.

LA BESTIA NEGRA DEL CALENTAMIENTO GLOBAL: EL EFECTO INVERNADERO

El efecto invernadero es un fenómeno natural, ocasionado por determinados gases presentes en la atmósfera, que tienen la capacidad de retener parte de la radiación térmica recibida del sol y reflejada por la superficie terrestre, evitando que se escape hacia el espacio exterior. El vapor de agua, el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el ozono (O3) y otros gases se encargan de producir ese efecto de retención. Este proceso, que siempre había sido considerado beneficioso, ya que gracias a él la temperatura del planeta se mantiene a un nivel adecuado para el desarrollo de la vida, ha pasado en poco tiempo de héroe a villano. Y dentro de la lista de gases y vapores mencionados, el dióxido de carbono se ha convertido en el culpable principal de potenciar en exceso la capa protectora de nuestra atmósfera, hasta alcanzar niveles excesivos, y a él se le atribuye la mayor responsabilidad del calentamiento global. Por ello, se está procediendo a la firma, en diferentes conferencias y cumbres climáticas internacionales, de convenios y acuerdos para conseguir la reducción de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Está fuera de toda duda que la actividad humana es responsable en parte del aumento de los niveles de CO2 en la atmósfera. La Figura 1 (elaborada a partir de datos de la NASA), muestra en su extremo derecho cómo, a partir de tiempos muy recientes, desde mediados del pasado siglo XX, el aumento del contenido de dióxido de carbono ha sido radical y brusco. Tanto, que es imposible atribuir una variación tan extrema a causas naturales. Pero, como se detallará más adelante, ni todos los datos indican una evolución similar, ni ese nivel de CO2 atmosférico es una novedad en la historia del planeta, ni tampoco existe una correlación o una relación causa – efecto entre la concentración del dióxido de carbono y la variación de la temperatura media global.

Figura 1

Puede conocerse cuál fue el comportamiento relativo del CO2 respecto de la temperatura en épocas pasadas, mediante la información proporcionada por los sondeos realizados en el casquete glaciar de Groenlandia, ya mencionados en la primera parte de este artículo. Extrayendo y analizando el aire ocluido entre los cristales de hielo, se ha podido obtener una valiosísima información sobre la evolución en la composición de la atmósfera terrestre en tiempos pasados, no sólo del isótopo O18 que nos proporciona una estimación indirecta de la temperatura, sino también de su contenido en dióxido de carbono.


Figura 2

La Figura 2, basada en los datos de Jouzel et al. (2007), representa la evolución de ambos parámetros durante los últimos 400.000 años, muestra el enorme paralelismo que existe entre ambos, aumentando y disminuyendo de forma aparentemente simultánea. La concordancia entre las dos gráficas de la Figura 2 sugiere que debe existir una estrecha relación entre ellos y por eso, en 2006, Al Gore utilizó una gráfica muy similar en su famoso video sobre el calentamiento global, que llevaba por título Una verdad incómoda. En aquel documental, que ha tenido una enorme influencia en la opinión pública, se afirmaba taxativamente que era el aumento de CO2 quien estaba provocando la elevación de la temperatura, profetizando que el cambio climático causaría millones de muertos. Sin embargo, estudiando los datos con mayor detalle, la Figura 2 está indicando todo lo contrario, ya que es la temperatura (línea roja) quien parece preceder en el tiempo al aumento del CO2. Esta situación, no es muy evidente por la escala temporal del gráfico en la Figura 2, ya que las dos líneas se superponen en gran parte de su trazado. Sin embargo, es mucho más evidente si realizamos una ampliación, como se puede apreciar con mucha mayor claridad en la Figura 3, correspondiente al periodo comprendido dentro de los últimos 150 000 años. 


 Figura 3

El desfase entre dióxido de carbono y temperatura resulta aún más evidente con una nueva ampliación, por ejemplo, para el periodo comprendido entre los 235.000 y 245.000 años (Figura 4), donde se aprecia como el pico del valor máximo de la temperatura se alcanza 800 años antes que máximo de C02. 

Figura 4

En realidad, esta secuencia puede explicarse fácilmente por el particular comportamiento que tiene el CO2 disuelto en el agua, cuyo producto de solubilidad disminuye al aumentar la temperatura. Teniendo en cuenta que el agua de los océanos es la principal fuente de emisión de dióxido de carbono, al ir ascendiendo la temperatura de los mares, crecen las emisiones desde el agua hacia la atmósfera, pero siempre con un cierto retardo respecto del aumento de la temperatura, porque la enorme profundidad de algunas zonas, hacen que se necesite mucho tiempo para calentar la enorme masa de agua de todo el planeta.

Desde esta perspectiva, puede afirmarse que realmente sí existe una relación causa – efecto entre el aumento del dióxido de carbono y el calentamiento global, pero en sentido opuesto a la interpretación postulada por Al Gore. Es decir, que en realidad, como consecuencia de los procesos que controlan la radiación solar que llega al planeta, al calentarse las aguas de los océanos, aumentaría el nivel de CO2 en la atmósfera, y no al revés.

Pero además de estos datos, asociados a los procesos que controlan las oscilaciones a largo plazo en los contenidos atmosféricos de CO2, existen otras informaciones correspondiente a épocas más recientes, atestiguando que en el corto plazo, no existe una relación directa entre la temperatura y el contenido atmosférico de dióxido de carbono. La gráfica de la Figura 5, basada en informaciones proporcionadas por la NASA, muestra como durante el intervalo comprendido entre 1945 y 1975, a pesar de tratarse del momento en que se generalizó el uso del automóvil y se produjo un considerable aumento de las emisiones antrópicas de dióxido de carbono a la atmósfera (línea azul), la temperatura (línea roja), no creció paralelamente, sino que incluso descendió de una manera significativa. 

Figura 5 

Como se puede deducir de la comparación entre las figuras anteriores, las relaciones entre la evolución del dióxido de carbono en la atmósfera y la temperatura tienen un aspecto muy diferente según el intervalo temporal que se tome en consideración. Durante los últimos 400.000 años (Figura 2) la correlación es perfecta. Si se selecciona un periodo de 150.000 años, se visualiza más claramente el retardo entre ambos parámetros, que se hace aún más evidente para los 10.000 años de la Figura 4. Y finalmente, en la Figura 5 pueden observarse tendencias opuestas para un periodo de unas tres décadas.

El mismo tipo de variabilidad se observa si comparamos la evolución de temperatura y el valor de las emisiones antrópicas de CO2 (no el contenido atmosférico), como se representa en la Figura 6 según datos obtenidos en https://ourworldindata.org. para el intervalo comprendido desde 1850 hasta la actualidad.


Figura 6

 En la gráfica, la línea negra representa los valores de las emisiones, la línea roja el promedio de la anomalía térmica global y la línea azul a trazos representa la tendencia general de la evolución térmica. Desde 1970 hasta la actualidad, las emisiones de dióxido de carbono y las anomalías térmicas ascienden con tendencias similares a medida que avanza el tiempo, mientras que en el periodo comprendido entre 1850 y 1970, la temperatura sufre bruscas oscilaciones completamente independientes del ritmo de las emisiones de CO2.La disconformidad entre ambas curvas entre 1850 y 1970, indicaría que los cambios de temperatura están controlados por parámetros ajenos al efecto invernadero. Los datos representados en la Figura 7 (basados en observaciones efectuadas en la Antártida por diversas agrupaciones científicas, incluyendo la NASA, para el intervalo entre los años 1890 y 2000), aclaran que es la radiación solar quien controla esas discrepancias. En el gráfico de la derecha, se observa una estrecha correlación entre la evolución de la temperatura (línea roja) y la radiación solar (línea negra, expresada en watios por metro cuadrado), que a lo largo de toda la gráfica mantienen tendencias prácticamente idénticas. En cambio, en la gráfica de la izquierda, donde la línea azul corresponde a la variación del CO2 en la atmósfera (expresada en partes por millón), la temperatura y el CO2, se muestran como parámetros independientes en la mayor parte de su trazado. Teniendo en cuenta que el intervalo temporal representado en la Figura 7 coincide con la mayoría del periodo de la Figura 6, puede afirmarse que la disarmonía observada entre CO2 y temperatura queda plenamente justificada por la evolución de la radiación solar.

Figura 7

Pero existen además otras evidencias que también deben ser consideradas para comprender en su integridad lo que está ocurriendo con el CO2 en la atmósfera. La Figura 8, elaborada a partir de datos publicados en  https://ourworldindata.org, permite comparar las emisiones antrópicas de CO2  (línea negra) con la evolución de los contenidos de ese mismo gas en la atmósfera (línea roja), medidos anualmente en la estación de Mauna Loa, en el archipiélago de Hawái, durante el intervalo comprendido entre 1960 y la actualidad. 


Figura 8 

Es muy llamativo que, durante un periodo de 60 años, el contenido de CO2 en la atmósfera haya ido aumentando a un ritmo prácticamente constante (la línea roja es prácticamente una recta), a razón aproximadamente de 1,6 ppm cada año, sin acusar los aumentos en las emisiones, que han ido creciendo a lo largo de ese mismo intervalo temporal. Esta falta de respuesta al aumento de las emisiones, indicaría que la variación del contenido de CO2en la atmósfera sigue un ritmo que no está controlado por las emisiones antrópicas, siguiendo probablemente el dictado del aumento en la temperatura del agua de los océanos, como se ha sugerido anteriormente. Y además, no deben olvidarse los mecanismos autorreguladores de la propia naturaleza para controlar la composición de la atmósfera. El aumento de la temperatura del agua del mar conlleva también un crecimiento muy importante del fitoplancton, que tiene una enorme capacidad de actuar como sumidero de CO2, mayor aún que la selva amazónica, lo que permitiría explicar por qué los valores de CO2 en la atmósfera no están acusando el aumento de las emisiones. 

LA ESTADÍSTICA AL SERVICIO DEL DOGMA

Los datos e informaciones descritos aportan una base científica suficientemente sólida para poner en duda que las emisiones antrópicas de gases con efecto invernadero sean las desencadenantes del calentamiento global. Sin embargo, y a pesar de esas abrumadoras evidencias, las informaciones que se transmiten a la opinión pública, apoyadas en minuciosas estadísticas, afirman rotundamente todo lo contrario.  La estadística se ha ganado el dudoso prestigio de ser una ciencia donde los resultados pueden ser elásticamente estirados y adaptados a los intereses del cliente, a pesar del rigor matemático de sus cálculos. Con sentido del humor, suele decirse que existen tres tipos de verdades: las verdades en sentido estricto, las verdades a medias y las verdades estadísticas. Los usuarios de esta disciplina (de alguna manera, todos lo somos y sufrimos las consecuencias de sus veredictos), conocemos bien su indudable utilidad, pero también los peligros potenciales que encierra si no se utiliza correctamente. Como ocurre con muchos instrumentos (el mejor ejemplo puede ser el bisturí utilizado en cirugía), puede generar resultados excelentes o catastróficos, salvar vidas o hacer carnicerías, según en manos de quién esté y de cómo lo utilice.

Para caricaturizar los procedimientos poco ortodoxos, aquellos que tratan de forzar los resultados de una investigación hacia conclusiones preconcebidas, es bien conocida la Constante de Skinner, que puede definirse como el número, entero o fraccionario, real o imaginario, que sumado, restado, dividido o multiplicado por el valor obtenido, proporciona el resultado que se deseaba obtener. Esta capacidad potencial para la manipulación, por las posibilidades que ofrece tanto para la presentación sesgada de los datos como para su interpretación, ha sido considerada una cuestión lo suficientemente seria como para que un señor llamado Darrell Huff, se tomase el trabajo de publicar un libro titulado Cómo mentir con estadísticas (2015), que se convirtió en el manual sobre esta ciencia más vendido en la segunda mitad del siglo XX. La manera más efectiva de dirigir los análisis estadísticos hacia los objetivos deseados, es seleccionar los datos a utilizar para que, sin manipulaciones, se alcancen los resultados esperados. Un claro ejemplo de cómo se pueden obtener conclusiones diametralmente opuestas en función del intervalo temporal seleccionado, lo podemos encontrar en las series estadísticas del cambio climático.

La Figura 9, basada en Pedraza (1996), ya publicada en la primera parte de este artículo, muestra la evolución estimativa de la temperatura media del planeta a lo largo del tiempo. En la gráfica, la línea negra horizontal representa la temperatura actual y la línea en zigzag la variación de la temperatura a lo largo del tiempo, evidenciando que durante los últimos 2.800 millones de años, la temperatura de la Tierra ha sufrido variaciones constantes, alcanzando valores mucho más extremos, más fríos y más cálidos, que los actuales. 


Figura 9

Observando la posición de la línea negra horizontal, es evidente que en el momento actual nos encontramos en una situación intermedia, lejos de los periodos muchísimo más fríos o muchísimo más cálidos que ha experimentado el planeta en épocas pasada. Incluso, si centramos nuestra atención en el tramo más reciente de la gráfica, el extremo derecho de la línea en zigzag, se aprecia que la línea es descendente, hacia el enfriamiento, a pesar del innegable calentamiento que está sufriendo el planeta en el momento actual. Esta aparente contradicción, se debe simplemente a la escala de observación, ya que esa es realmente la tendencia que se observa cuando se contempla la evolución térmica de la Tierra con la perspectiva de miles de millones de años.

Figura 10

En la Figura 10, donde se ha realizado una ampliación del tramo final de la figura anterior, correspondiente a los últimos 65 millones de años, la evolución de la temperatura muestra un acusado perfil en diente de sierra, una alternancia de alrededor de 400 máximos y mínimos, correspondientes a los ciclos de Milankovitch ya mencionados en la primera parte de este artículo. A pesar de los vaivenes y oscilaciones registradas, la tendencia general coincide con la gráfica anterior, es decir, que a largo plazo, la tendencia actual es hacia el enfriamiento.

Si continuamos haciendo ampliaciones y centramos ahora nuestra atención en lo ocurrido durante los últimos 400.000 años, en la Figura 11 se aprecian con mayor detalle las últimas oscilaciones térmicas experimentadas por el planeta, donde la línea azul discontinua, representa la tendencia general.

Figura 11

La comparación entre las Figuras 10 y 11 permiten comprobar como, al cambiar el intervalo temporal de observación y centrar la atención en un periodo más corto, desaparece la tendencia decreciente, pasando a situarse con un perfil ligeramente ondulado pero prácticamente plano. Si hacemos una nueva ampliación y nos fijamos en lo ocurrido durante el último siglo y medio (ver Figura 5) se puede apreciar una tendencia netamente ascendente de la temperatura. Es indudable que si se observa la Figura 5 de manera aislada y sin tener en cuenta las tendencias observadas en las Figuras 9, 10 y 11, es imposible apreciar si el ascenso térmico registrado durante los últimos años representa un hecho aislado  o forma parte de la tendencia que ya se había iniciado hace 21.000 años, O incluso, no representa más que un breve periodo de calentamiento dentro de un ciclo largo de descenso térmico iniciado hace millones de años, como demuestra la Figura 10. Esta comparación ilustra la importancia que tiene la selección del intervalo temporal a estudiar, para garantizar la representatividad y la validez de las conclusiones a obtener, dejando en evidencia que si la información corresponde a un intervalo de tiempo excesivamente corto, las variaciones de temperatura registradas en las últimas décadas no pueden permitir la correcta interpretación del proceso de cambio climático.

Las dudas sobre la validez y la representatividad de la información plasmada en una gráfica sobre la evolución térmica del planeta, aumentan aún más cuando, además de elegir un intervalo excesivamente corto, se mezclan datos diferentes. Este es el caso de la Figura 12 (última versión de la gráfica que viene publicando y actualizando el IPCC desde finales del siglo pasado, que representa la evolución de la temperatura del planeta durante los dos últimos milenios), probablemente el documento de mayor difusión a escala mundial sobre el cambio climático. Esta gráfica ha sido reproducida en infinidad de ocasiones por los medios de comunicación y podría considerarse como la más genuina representación del dogma climático actual.


Figura 12

La Figura 12, conocida coloquialmente como el palo de hockey, (su largo tramo rectilíneo, con un una brusca elevación final, casi en ángulo recto, recuerda a la forma de esa herramienta deportiva), ha sido elaborada integrando medidas termométricas con estimaciones de temperatura a partir de datos con orígenes diversos como anillos de crecimientos de árboles, corales e isótopos de oxígeno en sondeos de hielo. Debe recordarse que no hay medidas obtenidas mediante termómetros antes del siglo XIX y para corregir la heterogeneidad de los datos (es decir, hacer corresponder el anillo de crecimiento de un árbol con una determinada temperatura, por ejemplo), se han aplicado técnicas estadísticas. Y, precisamente, sobre los métodos estadísticos aplicados cayeron graves críticas. Investigaciones posteriores indicaron que dicha gráfica fue elaborada aplicando metodologías inadecuadas, atribuyendo mayor peso en la ponderación a determinados parámetros para dirigir los cálculos hacia los resultados que se deseaba obtener , tal y como pusieron de manifiesto Mcintyre y Mckitrick (2005). Por si esto no fuera suficiente, en 2009, un pirata informático filtró a la prensa una serie de correos electrónicos entre miembros del IPCC que dejaban en evidencia la manipulación de datos, la destrucción de pruebas y la realización de fuertes presiones para acallar a los científicos escépticos, el denominado Climagate al que ya se ha hecho referencia en la primera parte de este artículo.

Cuando a finales del siglo XX se publicó la primera versión del palo de hockey (muy similar a la de la Figura 12), proclamando que el planeta está experimentando un calentamiento drástico, sin precedentes durante los dos últimos milenios, causó un gran revuelo y una enorme alarma social. El sobresalto provocado es totalmente comprensible, ya que el tramo corto del palo de hockey, ese brusco cambio de tendencia, coincide con el inicio de la época industrial, lo que permitía establecer una clara correlación entre la actividad humana y el calentamiento global. Sin embargo, el temor provocado en la población hubiese sido mucho menor si, además de mencionar las manipulaciones estadísticas antes descritas en lugar de silenciarlas, se hubiese aclarado que:

·      Las medidas termométricas (al menos en el inicio de la era industrial, actualmente ya se usan técnicas más sofisticadas y telemétricas) no eran  representativas de la temperatura real del planeta, ya que la mayor parte de los observatorios meteorológicos estaban situados en áreas urbanas, donde existe una significativa contaminación térmica (fenómeno conocido como “isla térmica urbana”), que produce temperaturas muy por encima de la media global.

·        La evolución térmica de los dos últimos milenios es insignificante en comparación con lo ocurrido durante los últimos cientos de miles o millones de años.

Existen criterios objetivos adicionales para establecer serias dudas sobre la validez de los datos representados en la Figura 12.  Las informaciones obtenidas mediante sondeos en el hielo de Groenlandia, indican la existencia de un periodo muy cálido (con temperaturas muy similares a las actuales) al principio del último milenio, seguido de un periodo muy frío iniciado al principio de la Edad Moderna. Dichos datos son perfectamente coherentes con informaciones históricas (ver Figura 13, extraída de Gomez Ortíz, 2006). Las cálidas temperaturas durante los primeros años del milenio, el Óptimo Medieval, permitieron a los vikingos colonizar un extenso territorio, en buena parte libre de hielo, que fue bautizado como Greenland, es decir, país verde, la actual Groenlandia. Su presencia allí está certificada por restos arqueológicos y también documentación conservada en los archivos vaticanos. Pero sólo aguantaron allí unos pocos siglos, cuando comenzaron a descender las temperaturas y la agricultura resultó imposible, se vieron obligados a abandonar aquel territorio. Durante el periodo frío que siguió, la Pequeña Edad de Hielo, son abundantes las informaciones sobre temperaturas extremadamente bajas que llegaron a congelar el río Támesis en Londres e incluso los canales de Holanda y Venecia. No deja de ser llamativo que oscilaciones térmicas tan significativas pasen totalmente desapercibidas en el palo de hockey de la Figura 12.

Figura 13

Teniendo en cuenta estos datos, no parece descabellado afirmar que la Figura 12 no refleja fidedignamente los conocimientos actuales sobre la evolución climática del planeta, ya que  con la información correspondiente a tan sólo dos milenios, no se puedan obtener conclusiones representativas de lo que realmente está ocurriendo. Entonces, cabe preguntarse: ¿Por qué el trabajo del IPCC se ha centrado tan sólo en un intervalo de tiempo tan breve? ¿Por qué en la figura se hace referencia a periodos de 2.000 y de 100.000 años, ignorando toda la historia anterior, registrada en las Figuras 9, 10 y 11? No cabe duda de que se podría obtener una visión más completa, objetiva y equilibrada del problema, si la visión se ampliase y se tomase en consideración el conjunto de la historia de la evolución climática del planeta. Pero, si comparásemos el ciclo de calentamiento actual con los experimentados por el planeta en etapas anteriores de su historia, las responsabilidades de la Humanidad en el cambio climático quedarían diluidas. La manera más eficaz de obtener los resultados estadísticos deseados es elegir adecuadamente los datos a tratar. 

IMÁGENES FRAUDULENTAS SOBRE EL CALENTAMIENTO GLOBAL

Para validar las estadísticas que se publican, los medios de comunicación difunden de manera sistemática imágenes impactantes sobre las consecuencias detectables del calentamiento global. Es innegable que la temperatura media del planeta está aumentando, hay evidencias de sobra que apoyan esta realidad y el hielo de los glaciares está retrocediendo. Es también irrebatible que hay regiones de la Tierra que están sometidas a un proceso de desertización. Pero no es menos cierto que, con frecuencia, las imágenes que acompañan a las noticias sobre estos fenómenos y que proporcionan los medios de comunicación, están muy lejos de ser representativas de lo que está ocurriendo en realidad.

Es evidente que el retroceso del hielo en los polos lleva asociado un aumento de aridez en algunos lugares, pero la desertización no debe vincularse tan sólo con un aumento de temperatura, si no con un descenso de humedad y de precipitaciones que no siempre está relacionado con la elevación térmica ni tampoco con las actividades antrópicas. La desertización del Sahara es muy reciente, se inició hace tan sólo unos pocos miles de años, muchísimo antes del inicio de la era industrial, como parte de la secuencia de calentamiento global que viene experimentando el planeta desde hace miles de años. Es también evidente que ese proceso está afectando a la climatología de la Europa meridional, como consecuencia del aumento de temperatura, el retroceso de los hielos polares y la disminución de la pluviosidad. Pero esa tendencia no implica que se esté produciendo una desertización generalizada del planeta, como en muchas ocasiones, de manera explícita o implícita, se nos quiere hacer creer.

La aparición de una zona desértica depende de complejos factores meteorológicos, de las barreras montañosas y de las complicadas leyes que gobiernan las corrientes marinas y los vientos dominantes. Por lo tanto, no se trata de una simple zonación Norte – Sur, no es solamente que las zonas áridas están avanzando hacia los polos.

Figura 14

 En la Figura 14, un mapamundi realizado mediante un mosaico de imágenes satélite, los tonos amarillentos corresponden a las zonas áridas, y donde es evidente que el actual retroceso de los hielos no está dando lugar a una desertización generalizada. El continente africano, en el centro de la imagen, presenta en su tercio septentrional una extensísima zona árida que se prolonga hacia Asia por la Península Arábiga y Oriente Medio. Pero más hacia el Este y exactamente a la misma distancia del Polo Norte, encontramos las densas selvas de montaña del extremo oriente (Camboya, Birmania, Laos y Vietnam), mientras que en dirección contraria, hacia poniente, aparecen las selvas centroamericanas, famosas por ser de las más densas, húmedas e impenetrables del mundo. Un poco más al Sur, la mayor parte de la zona ecuatorial africana, disfruta de abundantes lluvias y frondosas selvas, mientras que hacia el Este, en la costa del océano Índico, la península de Somalia está sometida a unas condiciones extremadamente áridas. Otro ejemplo de cambios drásticos de pluviosidad para zonas situadas en la misma franja geográfica respecto de los polos, lo encontramos en la comparación entre la zona meridional de Brasil (donde la abundante lluvia proporciona el enorme caudal que alimenta a las cataratas de Iguazú) y las zonas desérticas de Namibia y Kalahari, al otro lado del Atlántico. Además, en la misma latitud hacia el Este, o incluso en una posición más austral, aparecen las extensas zonas desérticas australianas.  Más ilustrativo resulta todavía, por su escasa separación, el ejemplo de la zona septentrional de Colombia, que en su costa atlántica es prácticamente desértica (región de La Guajira), mientras que hacia poniente, en la costa Pacífica, la región del Chocó presenta la pluviosidad más alta del planeta. Es decir, que el esquema simplista que propone el progreso generalizado de la desertización hacia los polos como consecuencia del calentamiento global, no está justificado por la realidad.

Sin embargo, en las noticias de cualquier periódico o cadena de televisión, cuando se informa sobre la desertificación, para acentuar visualmente el peligro que nos acecha, se insertan imágenes de un lugar totalmente árido, reseco, donde la tierra aparece cuarteada (las clásicas grietas de desecación o mud cracks), sin una sola brizna de vegetación. Pero la noticia nunca dice cuál es el lugar y la fecha donde se han tomado esas sobrecogedoras fotografías. ¿Se trata de una laguna que se ha secado para siempre? O por el contrario, ¿se trata de un lugar donde esas grietas aparecen de forma transitoria? Porque existen muchos lugares en la Tierra donde se secan las lagunas durante la estación seca, y bastaría regresar al mismo lugar unos meses más tarde, para que el paisaje tuviese un aspecto totalmente diferente, húmedo y lleno de vegetación. De entre las innumerables imágenes fraudulentas que han sido presentadas a la opinión pública, a título de ejemplo, se reproduce en la Figura 15un montaje fotográfico (publicado en el periódico La voz de Asturias en septiembre de 2021) donde las dunas del Sahara llegan a los pies de los Picos de Europa, en un artículo declarando al Principado como refugio para la inminente desertización de la península.

Figura 15

Tampoco suele ser muy correcta ni completa la información que se difunde sobre los lagos que están actualmente en proceso de desecación, y a los cuales se hace mención con frecuencia. El de mayores dimensiones y el más conocido de todos es el mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán, que actualmente tan sólo conserva un 5% de su extensión original. Aunque la razón primordial de su pérdida de agua no ha sido la desertización ni el calentamiento global, sino la actividad humana, ya que durante el periodo en que este territorio perteneció a la Unión Soviética,  los dos ríos principales que le habían nutrido de agua durante miles de años, el Amu Darya y el Syr Darya, fueron desviados y canalizados hacia zonas agrícolas para favorecer cultivos intensivos. Esta modificación de la red hidrográfica dio lugar a que el lago perdiese el 80 % del caudal que le alimentaba, tal y como se puede apreciar en la secuencia de imágenes de la Figura 16, obtenidas por el espectro – radiómetro MODIS del Earth Observatory de la NASA. Además, como consecuencia, sus aguas han aumentado drásticamente el contenido en sales y contaminantes, aunque sin olvidar (tampoco suele mencionarse) que se trata de un lago de agua salada. Es decir, que desde hace miles de años, la evaporación ha sido más importante que los aportes de agua dulce. 

Figura 16

Otra imagen fraudulenta que ha dado la vuelta al mundo, que ha aparecido en primera plana de numerosos periódicos y en la cabecera de muchos noticieros, ha sido la fotografía de un oso polar, esquelético y agonizante, en la isla de Baffin, en el Ártico canadiense. Los fotógrafos que realizaron el reportaje, miembros de la ONG Sea Legacy y colaboradores habituales de National Geographic, atribuyeron el deterioro físico del animal a la desnutrición, como consecuencia del calentamiento global. Posteriormente a su publicación y difusión, reconocieron que no sabían cuáles eran las causas por las que el animal se encontraba en aquel estado, podía estar agonizando como consecuencia de alguna enfermedad, o simplemente de vejez. Pero ellos declararon que eso no tenía importancia, lo relevante era que el animal estaba muriéndose de hambre, y ese era (según ellos) el futuro que les espera a todos los osos polares, a medida que vaya desapareciendo el hielo del Ártico. Sin embargo, la realidad es muy diferente, ya que según la Administración canadiense (información posteriormente confirmada por la prestigiosa organización World Wildlife Fund, WWF), la colonia actual de osos polares es de casi 30.000 ejemplares, frente a los 22 500 censados hace más de una década. No obstante, las imágenes del oso agonizante, todavía hoy, siguen dando la vuelta al mundo. 

¿ESTÁ EL PLANETA EN PELIGRO?

De acuerdo con lo anteriormente expuesto, existen datos suficientes para pensar que la mayor parte de las informaciones climáticas que se difunden en los medios de comunicación no son representativas del conjunto de conocimientos del que se dispone sobre la evolución climática. Entonces, ¿Qué es lo persiguen esas noticias e informaciones (quizás, sería más exacto decir desinformaciones) que llegan sistemáticamente sesgadas a la opinión pública? Sólo existe una explicación posible: sembrar el miedo y generar sensación de culpabilidad, el equivalente moderno del pecado original que todos tenemos la obligación de redimir. Aunque la evaluación de los intereses que pueden esconderse detrás de esos objetivos es tan subjetiva como especulativa, no es difícil colegir intencionalidades políticas y económicas. Esta tendencia informativa, iniciada hace décadas, se ha reforzado últimamente subiendo un escalón en el nivel de alarma, al decretar gratuitamente una emergencia climática. Nada más ni nada menos que es el propio planeta quien está en peligro, y por consiguiente es necesario hacer todo lo necesario para detener el aumento de temperatura y salvarlo de la inminente catástrofe. ¡Cada vez nos queda menos tiempo para reaccionar!, es el mensaje que últimamente se repite por todas partes.

Pero hay datos e informaciones suficientemente fiables para afirmar sin ningún género de dudas que mucho antes de la era industrial, se alcanzaron temperaturas muy superiores a las que ahora se están registrando. Entonces, ¿por qué se quiere hacer al Hombre responsable exclusivo de la situación actual?¿Por qué se califica como emergencia climática algo que ya ha ocurrido espontáneamente antes, muchas veces y en condiciones naturales? Y, ¿realmente está en peligro la Tierra y la vida que en ella habita? El registro geológico de lo ocurrido en las etapas durante las cuales la Tierra se recalentó hasta alcanzar temperaturas muy superiores a las de ahora, no sustenta esas alarmas, sino más bien todo lo contrario. Durante esas etapas no ocurrió ninguna catástrofe, y por eso estamos nosotros aquí, porque la evolución continuó con el ritmo impuesto por los ciclos naturales.

No debe olvidarse que los pronósticos sobre la evolución climática están basados en modelos estadísticos de proyección hacia el futuro, simulaciones obtenidas por ordenador basadas en cálculos estadísticos (con lo que ello implica),pero que con frecuencia son presentados como si se tratase de hechos probados y contrastados. Pero incluso aceptando que esas predicciones fuesen ciertas, y suponiendo que la Tierra se pueda seguir calentando a lo largo de los próximos siglos, ¿representa ese aumento de temperatura un problema real e irreversible para el planeta? Si queremos saber qué es lo que realmente puede ocurrir cuando aumente la temperatura, deberíamos prestar atención a lo que sabemos, a lo que conocemos que ya ocurrió en el pasado.

El último informe del IPCC advierte que, si las emisiones continúan produciéndose al mismo ritmo que hasta ahora, el calentamiento medio llegaría a finales de siglo a los 4,4 grados por encima de las temperaturas preindustriales, lo que tendría unas consecuencias desastrosas. Hace ahora entre 20 y 60 millones de años, durante uno de los periodos más cálidos de la historia de la Tierra, las temperaturas alcanzaron valores de seis grados por encima de la temperatura preindustrial. La Figura 17, basada en las investigaciones de Jaramillo et al. (2006), permite comparar la evolución de la temperatura y la biodiversidad durante ese mismo periodo.


Figura 17

En dicha figura, la línea fina de color gris representa la evolución de la temperatura media del planeta, con su característico perfil en diente de sierra, mientras, que la línea roja gruesa expresa la tendencia general de dichas oscilaciones. En la gráfica inferior, la línea en color azul representa el número de especies vegetales nuevas que van surgiendo, tal y como atestigua el estudio de las esporas fósiles que van apareciendo en los sucesivos estratos. La correlación entre ambas gráficas evidencia que, a lo largo del tiempo, existe un estrecho paralelismo entre la diversidad vegetal (aparición de nuevas especies) y la temperatura del planeta, aumentando ambas conjuntamente. Por lo tanto, la similitud y el paralelismo de las tendencias en las curvas roja y azul, sugieren que el aumento de temperatura no representa ningún obstáculo para el desarrollo de la vida, sino más bien todo lo contrario. Lógicamente, esa evolución no se restringe al mundo vegetal. El aumento de temperatura favoreció el desarrollo de frondosos bosques tropicales, cuyos restos dejaron extensos yacimientos de carbón, como los que se están explotando actualmente en la zona de La Guajira, a ambos lados de la frontera entre Venezuela y Colombia. Dicho hábitat representó un terreno muy favorable para el desarrollo del mundo animal, como lo demuestran los espectaculares restos fósiles, reptiles de gran tamaño, cuya presencia demuestra que la vegetación tropical no desaparece como consecuencia del calentamiento, ni se produce una desertización al aumentar la temperatura media del planeta, tal y como habían postulado algunos científicos integrantes del IPCC. Así pues, los datos geológicos indican que un aumento de seis grados en la temperatura del planeta, en lugar de una emergencia climática, representa una eclosión de vida, un aumento de la biodiversidad, ya que el calentamiento parece potenciar la evolución y facilitar la aparición de nuevas especies, cada vez más adaptadas al medio.

EL IMPARABLE ASCENSO DEL NIVEL DEL MARY LA FRÁGIL FIABILIDAD DE LOS MODELOS ESTADÍSTICOS DE PROYECCIÓN CLIMÁTICA.

Uno de los temores que más ha calado en la población es el miedo a que el mar invada la tierra firme, lo cual no es de extrañar si se tienen en cuenta las apocalípticas informaciones que se difunden al respecto, profetizando un Mediterráneo sin playas. Para ello, debemos recurrir una vez más a las previsiones del IPCC, que ya en 2001 anunció que el nivel medio mundial del mar se elevaría 0,14 metros entre 1990–2025, a un ritmo de 4 milímetros al año, pero que ese ritmo se aceleraría hasta los 5,3 milímetros al año, si se consideraba un ciclo más largo, entre 1990 y 2050. En 2021 el IPCC ha actualizado sus previsiones, acelerando el ascenso 5,5 milímetros al año hasta 2100, aunque hay otros datos que registran actualmente una velocidad de elevación sensiblemente menor. Así por ejemplo, el informe CLIVAR (Vargas-Yáñez et al. 2010), basado en medidas de mareógrafos en las costas españolas del Atlántico, indica aumentos sostenidos del orden de 2 mm/año en la segunda mitad del siglo XX. Es absolutamente lógico que informaciones de este tipo alarmen y preocupen a la población, sobre todo si no van acompañadas de ninguna información complementaria sobre la historia de las variaciones del nivel del mar. Estos datos permitirían disponer de una visión equilibrada y mucho menos catastrófica del fenómeno que hoy estamos presenciando, porque los ciclos de oscilación climática que experimenta el planeta son los responsables de las oscilaciones del nivel del mar. En la Figura 18, la línea azul en la mitad inferior, representa las variaciones del nivel medio del mar registradas durante los últimos 400.000 años, de acuerdo con los datos publicados por Hansen et al. (2001). En la gráfica, el valor “cero” y la línea negra discontinua horizontal corresponden al nivel actual del mar. En la misma figura, la línea roja en la mitad superior, muestra la variación de la temperatura media del planeta durante el mismo periodo, obtenida a partir de los valores del isótopo de oxígeno O18 en los sondeos del hielo glaciar de Groenlandia. 

Figura 18

La comparación entre ambas gráficas pone de manifiesto que existe un estrecho paralelismo entre la evolución de la temperatura y la variación del nivel del mar. Dicha correlación es totalmente lógica y fácilmente comprensible, si tenemos en cuenta que la causa primordial del ascenso del nivel del mar está relacionada con la fusión de los hielos glaciares. Al calentarse el planeta, los hielos se funden y el agua procedente de esa fusión hace que la línea de costa avance tierra adentro. Además, al aumentar la temperatura del agua, ésta sufre una dilatación, aumentando su volumen, contribuyendo también a la elevación del nivel del mar. Por el contrario, al enfriarse el planeta, ocurren los procesos opuestos.

El registro de la evolución de la temperatura del planeta, muestra que tan sólo durante los últimos 60 millones de años (ver Figura 10), han existido cientos de ciclos de calentamiento y enfriamiento, similares a los reflejados en la Figura 18, y cada uno de ellos estuvo asociado al correspondiente ascenso y descenso del nivel del mar.  Así pues, la lenta elevación de las aguas que la humanidad está observando hoy, no representa una situación excepcional creada por el hombre, sino tan sólo uno más de los ciclos naturales que vienen sucediéndose desde hace millones de años.

Si centramos nuestra atención en la parte más reciente de la Figura 18, comprobaremos que el momento más frío del último ciclo (máximo glaciar) tuvo lugar hace 21.000 años. Los datos geológicos indican que, en ese momento, el nivel de las aguas estaba situado unos 120 metros por debajo del actual, y que desde entonces ha estado elevándose de forma incesante. Existen mucho lugares donde las variaciones del nivel del mar han dejado huellas muy evidentes en las costas, como por ejemplo la gruta de Cosquer en Francia, con magníficas pinturas rupestres, cuya entrada se encuentra hoy a 36 metros de profundidad bajo las aguas del Mediterráneo (ver Figuras 19 y 20).


Figura 19

 

Figura 20

También se podrían citar los muelles del puerto antiguo de Alejandría, hoy sumergidos, y los canales subterráneos utilizados por los mayas en la península de Yucatán, hoy totalmente cubiertos por las aguas. Pero quizás el ejemplo más ilustrativo se encuentre en el Banco de Dogger, que con una extensión 17.000 Km2, representa la porción más elevada de un enorme territorio antiguamente emergido, Doggerland y que actualmente está situado bajo las aguas, a una profundidad de unos 16 metros, entre Gran Bretaña y Dinamarca (Coles, 1998).

En la Figura 21 se muestra la disposición de las tierras emergidas en el entorno de lo que hoy es el Mar del Norte, durante los últimos 16.000 años. Se trata de un extenso dominio que representó en su mayor parte tierra firme, hasta que el progresivo aumento del nivel del agua durante la actual época interglaciar, produjo la inmersión de Doggerland, y la separación de las Islas Británicas respecto del continente. Existen evidencias de que hace unos 6.500 años, el Estrecho de Calais aún estaba en seco y el Banco de Dogger estaba todavía emergido, y representaba un hábitat adecuado para los asentamientos humanos, probablemente similar a las condiciones actuales de la tundra, como lo demuestran los abundantes restos fósiles (principalmente huesos y dientes de mamuts) y herramientas prehistóricas que han encontrado los pescadores atrapados en sus redes de arrastre, como se muestra en la fotografía de la Figura 22.


                        Fuente: Mcnulty y Cookson, publicado en National Geographic

Figura 21

Fuente: Naturalis Historia

Figura 22

Aunque el ascenso del nivel del mar durante los últimos miles de años no ha tenido lugar a un ritmo uniforme, ya que del mismo modo que ocurre con la temperatura, se producen pequeñas oscilaciones y cambios de tendencia, un sencillo calculo, dividiendo el aumento de cota por el tiempo transcurrido, permite obtener un valor promedio de 6 milímetros al año.

Es decir, que la elevación del nivel del mar durante los últimos 21.000 años, se ha producido a un ritmo más rápido que los 5,5 mm/año preconizados por el IPCC como dramática consecuencia del calentamiento global generado por las actividades humanas. Entonces, ¿por qué considerar anómalo y catastrófico un ritmo de ascenso que encaja perfectamente dentro de los ritmos establecidos y mantenidos espontáneamente por la naturaleza desde mucho antes de la aparición de la sociedad industrial?

Las informaciones sobre el ritmo de elevación del nivel del mar en muchos enclaves costeros del planeta, permiten introducir serias dudas sobre la fiabilidad de las previsiones y los modelos estadísticos actuales sobre cambio climático. Si consideramos que el ascenso del nivel del mar se debe a la fusión de los hielos glaciares, si dicha fusión está motivada por el aumento de temperatura del planeta, y si el ritmo de elevación del nivel marino que está midiéndose actualmente es inferior a los registrados durante los últimos 21.000 años, ¿por qué se afirma que el calentamiento que está experimentando la Tierra es anómalo y está generado por las actividades antrópicas? ¿Dónde está la correlación entre el aumento de emisiones de dióxido de carbono y la aceleración en el ascenso del nivel de las aguas? Si realmente estuviese sucediendo un calentamiento extraordinario y fuera del rango de los ritmos naturales, ¿no debería verse reflejado en un aumento anómalo de la elevación del nivel del mar?

A pesar de estas evidencias, el IPCC ha aclarado que su previsión de aumento del nivel del mar a una velocidad de 5,5 mm al año, es sólo una especie de mal menor, el mínimo exigible que sólo se podrá alcanzar si la humanidad cumple los acuerdos suscritos en la Cumbre del Clima celebrada hace unos años en París. En caso contrario, la velocidad de elevación podría triplicarse hasta el año 2100, llegando a los 16,5 mm al año. O incluso aún más (20 milímetros hasta el año 2300), si el planeta se sigue calentando y se produce el deshielo total de los polos. Es verdaderamente difícil encontrar justificación a una aceleración tan brusca cuando, después de casi dos siglos de actividad industrial, el nivel del mar está ahora ascendiendo a velocidades inferiores al promedio de las registradas durante los últimos milenios. ¿Qué fiabilidad puede tener una proyección hacia el futuro, pronosticando lo que va a ocurrir dentro de tres siglos, cuando se está ignorando todo lo ocurrido en el pasado, tanto remoto como reciente? 

CONCLUSIONES

Los datos geológicos disponibles sobre la historia de nuestro planeta, aportan una base científica suficientemente sólida para poner en duda que las emisiones antrópicas de gases con efecto invernadero sean las desencadenantes del calentamiento global. Sin embargo, y a pesar de esas abrumadoras evidencias, las informaciones que se transmiten a la opinión pública, afirman rotundamente todo lo contrario. La atribución a las actividades humanas como responsables exclusivas del calentamiento global, está tan consolidada en la conciencia colectiva, que se recurre a ella como recurso infalible cuando se desea reforzar una determinada línea argumental. O para expresarlo en lenguaje llano y directo, para obtener beneficios explotando el cargo de conciencia que apesadumbra a la Humanidad por haber causado supuestamente el calentamiento del planeta.

Por ello, se está haciendo uso y abuso en la publicidad de esa sensación de pecado y culpa, incitando al consumidor a comprar productos que contribuyan a la lucha contra el cambio climático, aunque en realidad, en el proceso de fabricación de dicho producto, no exista ningún parámetro relacionado con el calentamiento global. Es suficiente echar un vistazo a los periódicos o ver algunos anuncios publicitarios en televisión para darnos cuenta de los innumerables productos que los fabricantes, desinteresadamente y como paladines del medioambiente, ponen a nuestra disposición para proteger la salud el planeta. Quizás el más original de todos es el de una conocida cadena de supermercados, que en algunos de sus alimentos preparados, ha disminuido el porcentaje de sal y de azúcar para contribuir a la lucha contra el cambio climático.

O también, en una línea diferente, se ha encontrado en el calentamiento global un socorrido culpable a quien se pueden achacar todo tipo de responsabilidades. Así, por mencionar algunos ejemplos, recientemente se han publicado noticias e informaciones asegurando que el calentamiento global aumenta el riesgo de que se produzcan casos de violencia machista. En la misma línea, el Instituto de la Mujer, dependiente del Ministerio de Igualdad del gobierno español, ha hecho público un informe donde se concluye que el patriarcado es perjudicial para nuestro clima, ya que de acuerdo con los hábitos de consumo y movilidad, las mujeres son menos culpables que los hombres respecto al calentamiento global. Tampoco deben olvidarse las implicaciones que el cambio climático puede tener para la salud humana, ya que, sorprendentemente, una enfermedad estacional como la gripe, que aparece siempre al llegar el frío, podría verse agravada como consecuencia del calentamiento global. Otros autores, en un estudio reciente postulan que el calentamiento global afecta al descanso, al hacer que se reduzcan las horas de sueño. Aunque quizás las consecuencias más difíciles de asimilar sean las proclamadas por Christiana Figueres, exsecretaria de la ONU, quien declaró recientemente que para frenar el calentamiento global, tenemos que dejar de comer carne, incluso jamón ibérico, y las propuestas de los grupos antinatalistas radicales, quienes sostienen que no se deben tener hijos por el bien del medioambiente, llegando a calificar a las mujeres embarazadas como asesinas climáticas.

A pesar de tanta bienintencionada propuesta, la evolución de la temperatura del planeta y del nivel del mar, está regida por ciclos planetarios, solares y cósmicos que llevan en funcionamiento desde hace millones de años, imposibles de detener y mucho menos de revertir, por mucho que nos empeñemos en lo contrario. Ante este tipo de fenómenos, ante fuerzas y procesos que escapan de nuestro control, ¿ qué debemos hacer? Pues adaptarnos, adoptar la misma actitud que ante las erupciones volcánicas o los terremotos. Es decir, intentar comprender su funcionamiento para predecir adecuadamente su comportamiento; y, sobre la base de ese conocimiento,  tomar medidas preventivas para minimizar sus consecuencias, pero no empeñarnos en luchar estérilmente para evitar su presencia. Es decir, comportarnos con la misma mentalidad que adoptamos respecto de los ciclos naturales que nos son bien conocidos. Como es bien sabido desde la Edad de Piedra, cuando se acerca el invierno, lo inteligente es hacer acopio de leña, preparar ropa de abrigo y acondicionar la casa para el frío, no especular sobre el modo de proceder para impedir su llegada e intentar que siempre sea verano.

Al observar cómo se está ignorando información sustancial para comprender e interpretar adecuadamente el proceso actual de calentamiento global, es inevitable preguntarse sobre la opinión que tendrán de nosotros en el futuro. Siempre que volvemos la vista hacia el pasado, tenemos tendencia a mirar por encima del hombro a las generaciones anteriores, donde pudo brillar de forma aislada algún genio individual de los que siempre han existido (Einstein, Newton, Galileo y un larguísimo etcétera), pero a las que consideramos en su conjunto lejos de nuestro nivel de progreso. Estamos convencidos de que representamos el punto culminante en el desarrollo tecnológico de la Humanidad. Por eso creemos que están superadas las batallas que se iniciaron durante el Siglo de las Luces y continuaron durante todo el siglo XIX, para que la luminosa realidad propugnada por la razón y la ciencia se abriese paso a través del oscurantismo. Pero, ¿es realmente así?

AGRADECIMIENTOS

El texto del presente trabajo ha sido extraído y refundido a partir de una serie de artículos sobre cambio climático y calentamiento global publicados entre 2021 y 2022 en la revista digital www.Entrevisttas.com (*). Mi agradecimiento a Carmen Nikol, promotora y directora de la misma, por su apoyo para la edición de las publicaciones mencionadas y también por las facilidades prestadas para la publicación del presente artículo.

También, mi más sincero agradecimiento para mis colegas (y sin embargo amigos) Miguel Arbizu Senosiáin, Fernando Bastida Ibáñez y José Antonio Sáenz de Santa María Benedet por sus aportaciones y sus comentarios constructivos para mejorar la claridad y el contenido de este artículo.

(*) La revista Entrevisttas.com despareció en 2026.

 

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 Articulos adicionales sobre esta misma problemática u otros temas relacionados con medioambiente y trasfondo geológico están accesibles en este mismo blog: Reflexiones Geológicas

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